viernes, 9 de junio de 2017

No se escribe como se piensa.

Cuando se lee se experimentan unas ganas enormes de escribir. Entonces, la mente cuece una cantidad de ideas posibles para una buena historia. No se puede hacer caso a todo, por supuesto. Se atiende aquello que con mayor insistencia se hace ver y, quizás, se ha hecho con un hueco en la memoria.
Pasan fugaces las ideas como lumbres y aclaran la mente por un solo instante. Tratan de compendiar todos los elementos de una historia en la imposibilidad de que algo así sea real, pues nada, en absoluto, puede recoger tanto en tan breve tiempo y poco espacio.
Se piensa, pero no se escribe como se piensa, jamás.  Es una cuestión que está clara para quien tan siquiera haya empleado su mente, de manera consciente, para producir lo que se habla, por ejemplo. Esta idea que no cuadra, que no encuentra un lugar, no es la palabra que se expresa. Es un acción anterior a la palabra, a la frase hecha exactamente para que alguien, al leerla, la imagine, la piense, la recree, la comprenda.
Hay, pues, un rito previo que diferencia el pensar del hablar y del escribir.  Y entre estos dos hay un tiempo largo.

Javier Marín Agudelo
   

martes, 22 de noviembre de 2016

Extranjero

Extranjero. 
Llegado de tierras lejanas,
de allá donde el sol levanta en la mañana,
la noche llega al caer la tarde,
y el viento sopla de las montañas.
Extranjero, de piel color canela, amarilla o blanca, 
de nariz respingada, chata o afilada,
de labios finos o gruesos y color rojo oscuro o rojo claro.
De sonrisa, risa o carcajada.
voz aguda, grave o afinada,
mirada profunda, cálida o apagada,
caricias suaves, abrazos estrechos y entusiastas.
Vienes a mi tierra que es la Tierra, 
bebes en mis aguas que es el Agua, 
te bañas en mis ríos que es el Río, 
comes de mis campos que es el Campo.
Cuánto nos parecemos, amigo extranjero.
Tu sol, tu noche, tu viento, tus montañas; 
tu piel, tu nariz, tus labios, tus colores, son iguales a los que desde niño me acompañan.
Cuánto nos parecemos, amigo extranjero.
Tu sonrisa, tu voz, tus caricias, tu mirada, 
son como los que yo he vivido y soñado, son como los que yo he visto y amado desde el regazo y las entrañas.
Los campos, ríos y aguas de la Tierra; los frutos, animales y riquezas de los fondos y socavones, los han arado, aprovechado y explotado las manos, tan tuyas, tan mías como las de los primeros africanos.
¡Ah, amigo extranjero! Si las personas de esta tierra viéramos en ti nuestro retrato, 
muy pronto abandonaríamos el desprecio, la humillación, la arrogancia; 
bien pronto sentiríamos tu dolor en nuestra piel, tu hambre en nuestro estómago, 
tu tristeza en nuestro ser y tu sonrisa en nuestros labios.
Muy pronto no te veríamos como extranjero y sí como hermano, necesitado de ayuda, comida, casa, trabajo; de compañía, sonrisa, amor y bienvenida a nuestra tierra, la Tierra, que es la tuya, la mía, nuestra Casa. 


Javier Marín   

sábado, 20 de febrero de 2016

¿De dónde eres?



"¿De dónde eres?".  Ésta pregunta me la hizo una persona en una ocasión, quien denotaba la plena seguridad que tenía de que yo le iba a responder según la costumbre.  Pero quedó perpleja y creo que desconcertada cuando le respondí:  "Nací en Colombia".  Clavó su mirada en mí como esperando una explicación.  Al no recibirla, preguntó: "Es que te da vergüenza decir de dónde eres?".  En ésta ocasión fui yo quien se quedó mirándola, acompañando esta mirada de un ligera sonrisa de satisfacción.  No tenía razón para malgastar el tiempo explicando mi filosofía acerca del origen de las personas con alguien que tenía la mente acostumbrada a recibir siempre la misma respuesta.
Es algo curioso que a las personas nos acostumbren desde pequeñas a decir esto o aquello y a decirlo de tal o cual manera.  Es algo curioso que tengamos que preguntar siempre lo mismo y responder siempre de la misma manera.  Es algo curioso comprobar cómo no dedicamos ni siquiera un segundo a variar tanto la pregunta como la respuesta.  ¿Qué tal si pensamos? ¿Cómo nos iría si gastásemos un poco más de tiempo en estrenar nuestras neuronas e ir más allá de la lección aprendida?  Creo que daríamos un vuelco completo a nuestra vida y a la vida de la sociedad.
En un tiempo de cambios profundos (bueno, siempre ha habido tiempos así), en que es común oír hablar de las migraciones humanas que van de África a Europa, de Asia a Oceanía, de Latinoamérica a Norteamérica, causa cierto disgusto escuchar todavía a las personas preguntar, con un asomo de inocencia, de dónde es alguien. Sé que es necesario o conveniente adoptar una identidad; pero también sé que en un mundo demasiado interrelacionado, en el que las distintas culturas se están comunicando cada vez más estrechamente y se está posibilitando la construcción de una cultura común, más universal, se necesita o sería conveniente empezar por eliminar las barreras mentales y psicológicas que se crean cuando a alguien se le pregunta de dónde es, y este alguien se ve obligado a dar una respuesta satisfactoria a quien pregunta.  
Todos o casi todos sabemos que aún hoy existe discriminación hacia diferentes grupos humanos, y que dependiendo de dónde haya nacido alguien, se le da un trato preferente o no.  Me atrevo a afirmar que si el hombre de Neanderthal todavía anduviera por estos caminos se le impediría entrar en los llamados "Países occidentales", por el solo hecho de no tener las características ni el origen que se espera debería tener para ser aceptado.





Sigue siendo una lacra de nuestro tiempo, quizá harto bien disimulada a través de campañas de todo tipo, institucionales por ejemplo, la discriminación por origen.  No se consigue disimular el disgusto que a muchas personas de países ricos les produce el encuentro con personas de otras latitudes distintas a las de su entorno.
¿De dónde eres? puede representar, sin duda, una manera de diferenciar a una persona de otra, obligarla a reconocer su origen y las condiciones bajo las cuales ha vivido y qué posición ocupa o debe ocupar en el lugar a donde ha llegado.
Si el asunto se tratara como algunos idealistas han pretendido, cual es el caso de universalizar la presencia humana, de tal modo que no se diera ninguna clase de discriminación por el origen de una persona, creo que el alcance de esa pregunta se limitaría solamente a identificar un lugar geográfico y nada más.  Bastaría esta información para tener un poco más de cultura e interesarse con curiosidad en descubrir un lugar desconocido para uno, sus costumbres y otras cosas más.  Pero las cosas no quedan siquiera ahí, en una dimensión social, política y económica como esta en la cual vivimos.  El complejo sistema de relaciones que hemos constituido da lugar a la creación de subparcelas emocionales, psicológicas y mentales de profundo influjo que, de manera solapada, impactan en un sentido negativo en el receptor de la discriminación y acentúan las diferencias entre una y otra persona, haciéndolas depender de la procedencia de cada una de ellas.





Creo que la adquisición de una cultura universal por parte tanto de los discriminados como de los que discriminan, podría ayudar a romper en parte éste esquema.  Podría, incluso, contribuir a construir un sistema de relaciones más abierto que comprendiera la aproximación indistinta a personas nacidas en diferentes lugares de la Tierra.  ¿Una utopía?  No sé.  Quizá desde algún frente social ya se esté trabajando para que sea una realidad.  
Alimentemos desde ahora la esperanza, con acciones concretas, porque un día cualquiera, en un futuro, la Humanidad pueda ver, sentir y pensar a los otros como sus semejantes y no como los "extranjeros", venidos de un país ajeno  e inferior.  Tal vez suceda.  

Javier Marín Agudelo©2016
Escritor y Ensayista  

sábado, 21 de febrero de 2015

La belleza.


A la vista de muchas personas parecería suficiente con observar la belleza de la naturaleza para quedar irrenunciablemente extasiado. Pero, si no bastara con ello, obligadas estamos otras personas a descubrir que entre el trinar de los pájaros y el llanto de una guitarra, entre las copas de los árboles y la cúpula de una arriesgada arquitectura, entre el chasquido de las gotas de agua que chocan en las alturas y el rumor del sonido de la lluvia que trae el aire desde lejanas tierras, siempre que se quiera, se hallará una profunda belleza que el corazón canta con cada son de su latir, que las pupilas de los ojos delatan con amplia expresión ante su visión y aun la misma piel revela cuando por en medio de sus poros se filtra el sonido, la forma, el color y el sentido como una minúscula corriente de oro que al pasar al través crispa y estremece todo.
Quizás entre las muchas cosas que tenemos ante la vista, nos resulte más interesante el extremo del ala de una paloma en rápido  vuelo que todo lo demás.  Así, lo más grande, no es muchas veces, por tamaño, lo que tenemos más cerca de la vista ni causa más admiración.
Esa minúscula hormiga que trenza sus patas entre los pastos, o esa simiente de níspero que pende del extremo de la rama de un árbol, o el pez que salta libre por fuera de las corrientes de agua, exhiben su singular belleza acompañada de grandeza no medible, en ningún caso, ni por el ancho ni por el alto; sino que se aprecian , se sienten y vuelcan sobre nuestros sentidos y aún más adentro, hasta tocar las fibras más pequeñas de nuestro organismo, agitado en las corrientes de la vida. 
Los colores de una bandera humedecida por la brisa y acariciada por los cálidos rayos del sol, surgen de las pintas que lucen las hortensias, las rosas, los claveles, los crisantemos, los pinos, los robles, los álamos, las encinas y el extenso prado verde que asciende y desciende suavemente, siendo atravesado por un sin fin de caminos que llevan a diferentes destinos. 
Sobre el verde, los aleteos de una urraca o de un mirlo que se extienden a la manera de una pequeñísima alfombra, ascienden rápida y rítmicamente hacia un altar azul, cuya corona arde hasta quemar los cirros y los cúmulos, haciéndolos desaparecer en el distante horizonte adonde, con interés contemplativo, se eleva ala mirada.
Alrededor de un remanso de agua contenida en un estanque artificial caminan los hombres y las mujeres con la cabeza erguida y los ojos fijos en una inmensa transparencia fina y dura, que ahora tiene como únicos huéspedes los rayos y el calor del sol; pero que cuando la ocasión es propicia, recibe con los brazos abiertos las muestras de vida hecha arte por la mano del hombre.  Entonces, pájaros, peces, caminos, personas, árboles, flores, casas y calles, se ven reflejados allí, sobre la tela templada o la piedra y el mármol pulido.
Tal vez sea en acuerdo y no por casualidad, que las formas vivas encuentren placer y profunda y sublime felicidad en la observación de la belleza representada por el artista, cuando éste crea, transforma o representa la realidad, visible en lo dinámico y lo estático, en lo vivo y lo muerto.  De una belleza visible en las alturas y a ras de suelo, en lo interior y en lo exterior; y que se trasluce en la sonriente complacencia, en el éxtasis profundo y en la mirada atenta del observador.

Javier Marín Agudelo
2004©








lunes, 16 de febrero de 2015

La procesión va por dentro.




En mi opinión, nadie es capaz de escapar al dolor, por muy feliz que se muestre a los ojos del mundo.  La felicidad es una de las caras que el mundo ve y desea ver, y el dolor está exactamente en el lado opuesto: ni lo ve ni desea verlo.
El hombre tiende a engañarse y a creer  ver en otras personas lo que supone no tiene él.  Por este motivo, cuando una persona se encuentra con otra muestra la tendencia a presuponer que esa persona es feliz porque sonríe, porque cuando cuenta historias de su vida, solo relata las más gratas.  En ésto muchos nos equivocamos.  
El semblante y las palabras de esa persona no tienen porque revelarnos todos los detalles de su historia.  Adentro, donde la persona identifica y selecciona sus ideas y sus pensamientos, es muy probable que permanezca guardado un secreto de su vida que no quiere contar, porque no le place o porque sabe que el contarlo solo le supondría dolores de cabeza innecesarios.  Entonces se calla, y tal vez tenga oportunidad de saber cuánto se equivocan los demás con su historia, porque aparentan no saber que la procesión va por dentro y que, cuando alguien se muestra al mundo, solo lo hace en parte.
Todos o casi todos los dolores y todas las angustias de una persona casi siempre los lleva por dentro.  Al mundo solo le deja ver una parte para su entretenimiento y disfrute.  Sin embargo, quien protagoniza su propia vida aprende bien pronto a torear esas peripecias y sonríe con cierta ironía por dentro al escuchar las palabras, que son rumores, de quienes se animan a sí mismos hablando de otros: "Ese sí que vive bien".  ¡Ay, ay, ay!  Cuán necias e insulsas son las palabras cuando únicamente retratan las apariencias.

Javier Marín Agudelo 
2014©
Todos los derechos reservados

lunes, 2 de febrero de 2015

Amanecer





Amanecer


Cerró sus ojos; se dilataron los poros de su cuerpo y entró por ellos el aire gélido y puro de un opaco amanecer de invierno, que se filtró por la ventana a medio abrir de la habitación.  Las cortinas se desplazaron hacia un lado y el viento meció sus hilos hasta el punto más alto del cielorraso. Esa andanada de aire fresco tiró la tela de velos al piso y arrebató las sabanas violáceas que cubrían su cuerpo puesto sobre la ancha y espumosa poltrona que hacía de cama, lo estremeció con su abrazo y elevó su sensibilidad al máximo.  De súbito se transparentaron, a través de la ligera tela de su pijama, los suaves movimientos causados por la corriente de aire. 
Sobre el suelo las hojas del libro que se había desprendido de sus manos en no se sabe cuál momento de la noche se batían a un lado y otro, a izquierda y derecha, al parecer con la intención de volar en lo alto de la habitación como si se tratara de sus sueños buscando un lugar en el espacio.  Pero, tal vez los cuentos de la totalidad del libro, tal vez el peso del recuerdo del pedazo de madera del que fue arrancado, o, el cansancio de una larga noche de insomnio lo tenían atado a la tupida alfombra, sin liberarlo.  
Se abrió la puerta de un solo golpe, fuerte y seco.  Algunos pedazos de vidrio cayeron, y sobre ellos cayó una fotografía oculta detrás de la puerta, que vigilaba cada noche o cada día a quien por la ventana se asomara.  Los cuatro travesaños de un viejo marco de madera que coronaban esa pétrea figura inamovible, incluso con el largo paso de los años, al caer formaron un pequeño escombro sobre el cual plantó sus pasos.  Solo así supo que aquel cuadro no volvería a traerle en ningún amanecer o anochecer ni un solo recuerdo ni un trazo de luz fulgúrea; no podría ya vigilar ni impedir el paso de nadie.




Entró por la puerta, se paró ante su cama y, sin hacer ruido ni mencionar palabra, estiró su mano hasta alcanzar la suya que yacía tranquilamente doblada a medias sobre los hilos resaltados de la alfombra de colores ocres y azulados.  Poco a poco levantó su brazo y con un movimiento de ángel insufló en su cuerpo un aliento de amor y vida. Erguidos sus cuerpos y el viento corriendo bajo las plantas de sus pies, salieron por la ventana y se abrazaron al sol que a esa hora del amanecer despuntaba por entre el bordillo de una teja en una casa regia al otro lado de la vía.  Unos tímidos rayos de sol y el gélido frío de la mañana trazaron la huella abandonada al marcharse los dos una mañana de invierno.
Todavía no se borra de la memoria ni la imagen del cuadro ni la cama que quedó sin hacer, y de un libro con hojas ondeantes en libre movimiento buscando descansar en cualquier amanecer.
Al mirar hacia atrás su recuerdo se agita, y lo lleva de manera casual a la biblioteca del barrio.  Allí descubrió, no más pasar las primeras horas, una historia encuadernada parecida a la suya que ya no recordaba; una historia contada por un escritor olvidado en el polvo sin remover de una estantería vieja y roída por las ratas, donde solo se encuentra ese ejemplar, porque el tiempo y la polilla se han ocupado de barrer todo vestigio de cualquier registro de otras historias jamás contadas.
Con una sonrisa sellada a cal y canto, en la que se evidenciaba su perplejidad ante lo sorprendente de las casualidades, Julio cerró la tapa de piel cuarteada y color marrón oscuro del libro, y, en el acto, todo recuerdo suyo quedó borrado.  Tal vez en otro tiempo, alguien cuyos recuerdos ya no recordara, abriría de nuevo el libro y encontraría su propia historia relatada.  Sería en otro tiempo, otras memorias y otros recuerdos.    

Javier Marín Agudelo©

Escritor y ensayista




lunes, 19 de enero de 2015

Susan Sontag, una intelectual comprometida.

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Susan Sontag, una intelectual comprometida.


El primer contacto que tuve con la obra escrita de Susan Sontag fue de intención.  Estando en casa de una amiga surgió en medio de la conversación el tema de Sontag.  Mi amiga me ofreció en préstamo un libro que tenía por ahí perdido entre una montaña de libros de su propia colección.  El préstamo quedó para otro día, pues le fue imposible hallarlo.  Cuando tuvimos la ocasión de hablar de nuevo, concertamos una cita.  A ésta llegó mi amiga con el libro La enfermedad y sus metáforas y El sida y sus metáforas.  En uno de los días anteriores, los medios de comunicación habían hablado de Susan Sontag, con motivo de haber sido elegida para recibir el Premio Príncipe de Asturias de las Letras del año 2003.  Ambos hechos, el Premio y el libro, acrecentaron mi interés; así que pasé de la intención a la acción.  A partir de su lectura, Susan Sontag y su obra entraron a formar parte de mi lectura obligada.
Bien elaborados, con demostrada capacidad, habilidad, conocimiento y profundidad, a través de sus escritos un lector no demasiado informado podía deslizarse por la mente de diferentes artistas, filósofos, escritores y poetas de épocas distintas y estilos variados.
Sontag tenía (murió en diciembre de 2004) una mente abierta y una aguda inteligencia.  Su bien ganada fama de ensayista y escritora capaz, de intelectual formada y comprometida, venía precedida de una sólida formación académica adquirida en las universidades de Harvard, Berkeley y Chicago.  Su conocido talante de luchadora tenaz lo había conquistado a través de su presencia y actuación en acontecimientos históricos de primer orden como los movimientos sociales y políticos de los años 60 y 70, en Estados Unidos y Europa, que abogaban por el final de la guerra de Vietnam; y también en Sarajevo, más recientemente, adonde "fui para apoyar, para trabajar, para ser testigo".  Tenaz luchadora también, porque a base de esfuerzo, disciplina y constancia se formó en el conocimiento de campos tan numerosos y ricos como la fotografía, la pintura, el cine, la literatura y la filosofía, en los que siempre sentó su posición.
Aunque había nacido en Estados unidos, estaba convencida de que su espíritu y su mente pertenecían por completo a Europa.  Así lo demostró más de una vez y de diferentes maneras.  Una de éstas fue a través de su larga estancia de una año en París.  Durante este periodo escribió Bajo el signo de Saturno, libro que, en su mayor parte, lo consagró a personajes y acontecimientos europeos de primera línea.  Lo confirman los capítulos intitulados "Un enfoque a Artaud" y "Fascinante fascismo", entre otros.
En Europa, Estados Unidos o en cualquier lugar y momento que se encontrase, esta mujer intelectual le hizo frente no sólo al reto que aún en los años en que inició su carrera significaba ser mujer, y mujer con pensamiento propio, que era lo más complicado y también lo más importante; sino que, además, desde su posición y contando ya con suficiente amplitud de miras y decidido coraje, se atrevió a decir, por ejemplo, que "Se pretende que Camus sea un escritor muy bueno.  Pero no lo es."  En Camus no vio a un pensador; a lo sumo, un escritor con inquietudes intelectuales.  Mucho más importante, sí, que George Orwell y James Baldwin.  "En Camus no encontramos arte ni pensamiento de primera calidad."  Opinión muy personal, indudablemente.  Opinión que con mayor frecuencia amplió al campo del arte para afirmar: "La obra de arte es, antes que nada, un objeto, no una imitación." O, también: "El arte es la objetivación de la voluntad en una cosa o realización, y la incitación o estímulo de la voluntad".
Sontag no sólo se atrevió a hablar o a escribir acerca de otros, de su trabajo, de su historia y de su vida. También de sí misma dijo cuanto pudo al referir, por ejemplo, la suma de sus primeras impresiones tras llegar a Nueva York para quedarse a vivir, y de sus viajes veraniegos a París, descritos en la introducción a Contra la interpretación: "Me veía como una combatiente de nuevo cuño en una batalla muy antigua: Contra la hipocresía, contra la superficialidad y la indiferencia éticas y estéticas (...) Quizás yo estuviera bien equipada para ver lo que vi, para comprender lo que comprendí, debido a mi amor por los libros, mi eurofilia y mi reverencia antes las artes."  Hablando del cáncer en La enfermedad y sus metáforas, tuvo el valor y la claridad suficientes para decir: "Yo misma tuve cáncer".



En esa forma particular suya de ver y vivir la vida, y de no esconderse de la realidad, reconoció en una entrevista que le hizo el diario El País de España en diciembre de 2002 que "Juan (Goytisolo) y yo tenemos ya una cierta edad, y conocemos los hábitos de la gente mayor(...)  No quisiera ser confinada en el papel de alguien que deplora lo actual incluso si, en efecto, lo deploro."  Una cierta edad que no le arrebató la capacidad de pensar hasta el último momento.  Una cierta edad a la que llegó sólo después de haber empezado a vivir en otra lejana edad la fructífera experiencia intelectual que le fue reconocida, al decir de muchos, por haber sido una de las más importantes e influyentes intelectuales de su época.

Javier Marín Agudelo©2015

Escritor y Ensayista