sábado, 25 de febrero de 2012

Ataduras

Eslabones intangibles que atan cadenas en mis días.
Oro, acero, hierro, bronce, cobre, igual da.  Son ataduras.
Ligan mis sentimientos a mis ideas y el mundo vive en éstos
ordenando y señalando el día a día y cómo se ha de vivir.
Si pudiese romper ataduras, todas,
o al menos aquellas más crueles conmigo, 
prejuicios, engaños, hipocresías, lastimeras frases de compañía,
entonces una a una, como pedazos de desperdicios 
las expulsaría al día de mi vida. 
Sin embargo, ataduras invisibles, aún ésas,
encubiertas tras la máscara de una cara sonriente,
viven eternamente en lozanía como el agua fresca
y el rocío en la mañana.  
Ataduras en pesadumbre o ataduras en dolor;
de las que los recuerdos forman parte 
cuando el pasado es una suma de eslabones de amargura, sangre, sin sabor.
Uniones ingratas que en la vida pesan sobre uno
como el mundo sobre Atlas, o como la pesada carga sobre la mula o el asno
cuando patean por caminos empedrados.
Ataduras de los días que pasan
y van acercando final ineludible donde el fin de toda ilusión
y esperanza rompe con cualquier clase de cadena,
lazo o forma de unión con la vida.  El fin.

Ricardo de la Tierra
Frebrero 25 de 2012

sábado, 18 de febrero de 2012

Sensualidad

Una mirada, un beso; el aire de tu aliento rozando mi piel.
El sonido de tus palabras como remansos meciendo mis neuronas.
El árbol que deja caer sus hojas sobre tu cuerpo
y me trae el rumor de tu expresión de contento.
Una sonrisa cuando la lluvia cae
y te extasias viendo un pájaro sacudir sus alas al aire,
me dice que tu querer al viento le entregas
y que él tu figura etérea labra en mil laminillas de color,
y a mis ojos la atrae.
El sol en la mañana y el sol en la tarde
que el pintor con su pincel retrata,
recoge sobre tu cara las luces del universo
para enseñar al mundo tu belleza, como belleza de hadas,
y a mí me dice que en el fragor de la llama 
que a millones de kilómetros se funde y derrama,
tu belleza atrapa para descubrir entre las infinitas luces
una luz como la tuya habitando para hacerme sentir luego,
cuando a mi cuerpo baja, el calor intenso que la pasión reclama.
Sensualidad, un llamado a la sensualidad suprema 
vista en el rocío de la mañana sobre tu cuerpo yermo esperando mis brazos
para rodear tu cuerpo, brazos que acariciarán la hierba
sobre la que tu ser descansa.
El color en la flor de los pétalos surge como encanto de una sonrisa
que se eleva desde tu rostro hacia el cielo.
Y allí tiende un hilo invisible con el mundo a sus pies extendido
para hacerlo vibrar con la emoción que desde su interior le recorre
y se muestra en esa sonrisa.
Arrebatado desde la profundidad de su ser,
un aliento de vida en sinuosas formas y cadenciosos y alucinantes movimientos
danza entrando en el juego de sensaciones
que a su cuerpo a la espera de experiencias fuertes e intensas
atenaza.


Ricardo de la Tierra
Móstoles, enero de 2012

domingo, 12 de febrero de 2012

¿Sabes quién es?

Cuando no se conoce al enemigo todo el mundo lo defiende y elogia, porque está bien atrincherado.
Javier Marín Agudelo 


Yo, desde el oscuro sentido de mi corazón


Yo, a través de los ojos que miran hacia el mundo, de la voz que emite las ideas que mi voz ejecuta en sonidos, de los movimientos que ejecutan las órdenes que mi cerebro emite.  Desde la superioridad que me viene de la concepción de ser de una raza de hombres elegidos, de nación próspera, organizada y disciplinada; de la corriente de la Historia que ha enseñado que los de mi pueblo son indomables e irreducibles; desde el tiempo en que las cosas de la vida sirvieron para que mi mundo encontrara la dificultad y la remontara; desde el torcido camino que guió los pasos de mi vida y me hizo penetrar de la idea de que solo luchando con cualquier arma podría llegar a la cima de mis sueños.  Desde ésta altura he declarado:  Yo soy de una raza superior.
Debajo de mis pies un pueblo ha sido apisonado.  Mi intención era borrar todo vestigio de su existencia de la faz de la Tierra porque el odio que me inspiraba era tal que solo desapareciéndolo mi corazón hallaría la luz que necesitaba.  Pero, yo, desde el oscuro sentido de mi corazón solo pude entender que mi lucha debía pasar por el extermino, por la reducción a la nada, por borrar incluso su nombre de las letras de la Historia.  Y no podía haber otro modo de que mi corazón fuera iluminado.  Inicié guerras, puse bajo mis pies a hombres títere que compartían mi ilusión y mi esperanza; los reduje a la obediencia más ignominiosa solo por probar que  tanto yo como mi pueblo pertenecíamos a una raza superior.  ¿Y qué queda hoy de aquella ilusión, de aquella esperanza?  Un pueblo renacido de las cenizas y otro pueblo que continuamente pide perdón al mundo por mi actuación execrable e ignominiosa, y una memoria que solo los más tiranos que aún quedan en el mundo se atreven a elogiar e intentan emular a sabiendas de que una bandera de la libertad siempre estará ondeando en lo más alto de una cima, ésta ya no de la tiranía, sino de la más amplia y quizá libertaria democracia que no cesa en su empeño de reducir todo intento de tiranía a la nada.  
Pero yo, que reduje la expresión de la libertad a una enorme ovación de mi propio nombre, de mi ideología y de mis aspiraciones más personales; que alimenté a mi pueblo, necesitado de alguien que lo sacara de la miseria y le diera glorias sustrayéndolo de la condición humillante en que se encontraba, con las ilusiones más falsas, jamás pude contemplar con buenos ojos que otros hombres pudieran encontrar libertad y felicidad donde yo solo veía oportunidad de sembrar desdicha y desesperanza.  Caprichos sin duda de mi vida que se inscribió en los libros de Historia con letras negras que simbolizaban la muerte, la desesperanza.  Quise hacer la Historia por mí, para mí y para mi pueblo, y en ésta durar más de mil años.  Pero, fenecí por mi propia mano en un reducto fortificado donde pocos hombres y una sola mujer me acompañaban.  Fieles, incluso sabiendo de mis desvarios, hasta la muerte.  Que descansen en paz aquellos.  Y la Historia no olvide mi miserable acción que quedará por siempre como una gran vergüenza, como una mancha negra en la historia de mi pueblo y para la especie humana.

Ricardo de la Tierra.
Madrid, febrero de 2012





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Trazos

En lugar de sufrir con la diferencia, hay que aprender a conocerla y disfrutarla.
Javier Marín Agudelo

La astucia, la máscara, el dolor, la angustia; la sonrisa, la palabra, la mirada.  ¿Todas herramientas para la vida? ¿Cuál será el maestro que las ha de usar como se cree es debido?
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Pensar, sentir, escribir, trabajar, divertirse; pasar la vida en los años.  Luego, reír, gritar, hablar, y así una cantidad de funciones que jamás llega uno a clasificar y catalogar.  ¿Funcionar como la calculadora o como el ordenador?
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Lecciones de vida:  a cada giro de tuerca hay una, muchas; la vida está llena de ellas.  ¿Qué pretención es esa de ser maestro en el vivir? Cada quien tiene su propia historia, y lecciones le bastan y le sobran.
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Se ha llegado a decir con indudable seguridad, que no en pocas ocasiones conviene pasar por tonto, que es una de las formas de demostrar inteligencia.  Algo de cambio en el rol no está nada mal.
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Habría que envidiar, odiar, desear, ser hipócrita, insidioso, lujurioso, ambicionar.  Dejémonos de torpezas:  los defectos ayudan a formarse una imagen también humana.

Ricardo de la Tierra.
Madrid, febrero de 2012

lunes, 6 de febrero de 2012

La lectura, fuente de placer y otras cosas.

Para leer...Delirio y HHhH.


Hay que penetrase de la idea que no siempre se producen obras maestras.
Por eso, lo que uno escribe tiene cabida en alguna parte.

Javier Marín Agudelo 



 Quien haya tenido en sus manos un libro (¿cuántas personas no lo han tenido?), habrán descubierto que en la lectura se encuentra un enorme placer.  Pero también se habrán dado cuenta, creo, de que en la lectura hay alguna cantidad de información y hasta aprendizaje dignos de ser atendidos. ¿Cuáles otros asuntos son de interés en una lectura?  Yo anotaría la técnica como factor cautivador que acompaña a la lectura.  Así pude comprobarlo en dos libros que he tenido entre mis manos y que, sin ir muy lejos, fueron ganadores de dos premios importantes de Literatura.  Estos libros son:  "Delirio" de la colombiana Laura Restrepo, obra ganadora del Alfaguara 2004, y "HHhH" del francés Laurent Binet, ganadora del Goncourt 2010.  Ambos abordaron de manera novedosa la elaboración de su obra partiendo de una variación en la construcción y escritura de la misma.  Laura Restrepo empleó la continuidad del texto y la mezcla de escenas en las que intervienen diferentes personajes para conectar varias realidades en las que están inmersos sus personajes sin entrar directamente a ser protagonista de la obra.  Caso que sí sucede en la realización de la obra de Binet, quien se ocupa de describir las vicisitudes y dudas y reclamos personales que le presentó la novela durante su escritura.  Presenta, en varias partes, fragmentos claros de sus dudas, inquietudes, cambios y recambios con relación a lo que debía y no debía formar parte de la novela desde el punto de vista personal del autor y la realidad histórica que comprendía los aspectos principales por los que debía pasar el relato.  Así, por ejemplo, explica cómo llegó a desestimar la inclusión de varios personajes por considerarlos irrelevantes dentro de la trama, o, de otro lado, con la capacidad de apartarlo de su objetivo principal.  Es el caso por ejemplo cuando cuenta que "Había decidido no mencionar el papel de Heydrich en la caída de Tujachevsky.  En primer lugar, porque ese papel me parece secundario, incluso ilusorio...".  Cuenta también cómo renuncia a fragmentos producto de su investigación que quizá resulten innecesarios para estructurar la obra y situarse dentro del contexto narrativo.  De éste último caso refiere:  "A veces, cuando estoy documentándome, doy con una historia que opto por no relatar ya sea porque me parece demasiado anecdótica, ya porque carezco de todos los detalles y no llego a reunir todas las piezas del puzle, o ya porque está puesta en tela de juicio.".
En el caso de "Delirio", la cosa cambia por completo al elegir la escritora un relato descriptivo y dialogante en el que están ausentes por completo los guiones, de tal suerte que se hace indispensable estar atento y pendiente en todo momento del desarrollo de la obra para enterarse cuándo entra y cuándo sale un personaje de escena. Su técnica es novedosa para mí en cuanto prescinde de complejos y tradicionales cambios de construcción que comprenden la ejecución constante de espacios, interlineados, puntuaciones y descripciones que, de alguna manera, pueden apartar al lector de la lectura.  Al proceder a la redacción de la novela de manera continua, construye la solidez alrededor del proceso de continuidad, lo cual favorece también la percepción que el lector adquiere de los personajes en su hilarante relación entre sí mismos y con el espacio o los espacios en los cuales se desarrolla la trama.  La sonoridad adquiere así, una calidad particular que lleva al lector a imaginar cuál sería la complejidad con la que la escritora se encontró al momento de decidirse a estructurar su novela de una manera diferente.  Porque al lector en general, quizá no le resulte tan sencilla su lectura, toda vez que la costumbre establecida presenta otro modo de acercarse a la lectura mediante una estructura mayormente convencional.
En cuanto al proceso de elaboración de las novelas en sí, las dos, enseñan la capacidad investigadora del escritor a la hora de fundamentar su trabajo.  No escatiman en recursos.  Incluso, en el caso de Binet, éste llega a personarse en varios de los lugares en los que se desarrolló la historia de la que habla.  Praga, "la ciudad más bella del mundo", es el centro de atención del escritor porque en esta ciudad se desarrolló el principal episodio que da lugar al argumento de la novela.  Allí se encuentra no solo en el lugar que adora, sino en la fuente misma del núcleo de la trama, en el corazón de la novela desde donde parte en su investigación hacia otros lugares que no visitó, pero que están presentes en diferentes puntos del relato.  Son éstos, Berlín, Londres o París.  Laura Restrepo hace otro tanto, pero, en su caso, no necesita trasladarse a otros lugares y no describe en su novela ninguna clase de aventura personal para conseguir la información.  El eje espacial de su novela está en Bogotá.  Y de su entorno toma tanto el tema como a los personajes y sus vicisitudes.  Es más localista en cuanto a la ubicación de la trama.  No por tal motivo, su descripción no deja de ser interesante, pues se atreve hasta describir los lugares más sórdidos, las costumbres más parapetadas e increíbles de una ciudad que no duerme y en la que se suceden hechos que solo conocemos a través de los periódicos, la televisión, la radio e Internet.  En la vida diaria, muchos colombianos jamás se acercarán a los episodios más escabrosos protagonizados por la mafia de la droga, mas si estarán rodeados del ambiente enrarecido creado por la misma en muchos lugares.  A Binet esa realidad de la Segunda Guerra Mundial no lo toca ni lo tocó de ninguna manera, exceptuando los diálogos que tuvo con su padre acerca del tema.  Una juventud como la suya solo ha visto en vídeos, películas y leído en libros, los sucesos que narra.  Jamás tuvo entre sus manos un fusil que empuñar, ni una pistola que disparar.  Solo tuvo la pasión por descubrir y describir con su particular estilo narrativo e investigativo, sucesos que afectaron a millones de personas, particularmente judías, que vieron cómo se derrumbaba su mundo atrapado en medio de las balas, el veneno y los gases de un Estado homicida.  Aquél ambiente que se vivió y aquel aire que se respiró, hoy está lejos de la realidad inmediata.  Y Binet lo sabe.  Y lo supo cuando se decidió a encarar el tema decidiendo abordarlo con el mayor rigor investigativo de que fuera capaz.  Por tal motivo su novela tiene o muestra un aire de ensayo característico y de autobiografía difícil de hallar en otros lugares, pues describe con detalles minuciosos que resultan increíbles aspectos muy particulares y en cualesquiera otro caso no tan relevantes de la vida de sus personajes.  Llega a contarnos, incluso, las características de carácter, personalidad, físico y oficio de dos de sus tres personajes principales a través de la hoja de vida que dejaron antes de partir hacia la misión que debían llevar a cabo y de la que no saldrían con vida.  ¿Interesante?  Podría parecer interesante únicamente para un historiador.  Pero resulta que también lo es para el lector de novelas por la manera amena como se encuentra con los personajes en sus actuaciones más cotidianas, a diferencia de lo que hubiera significado describir, por ejemplo, como tradicionalmente lo ha hecho la Historia, solo a los personajes más relevantes de la misma, y, por añadidura, magnificándolos.  Así son también los personajes que Laura Restrepo emplea para su obra, excepción hecha de Pablo Escobar; ese famoso narcotraficante colombiano de cuya historia todo el mundo se sirvió para sus particulares comentarios.  De resto, sus personajes son de a pie, del común de la gente que camina por la carrera 7º o la calle 72; o de los que viven en La Calera o Tunjuelito.  La familiaridad con el ambiente y entre los personajes es la nota imperante.  Se conocen de punta a punta a través de los diálogos, de la particular manera de hablar propia de uno u otro segmento de la población.
" A los hombres como yo nos gustan papandujas y madurongas, y tú, Miditas, hijo, me saliste con un par de crías desnutridas y desamparadas que estaban buenas para adoptarlas pero no para fornicárselas, así le decía yo, que cuando me conviene puedo ser  el hijodeputa más lambeculos del mundo, y al mismo tiempo disimulaba la mala leche para no jorobar tamaño business que teníamos pendiente,"  Buen trabajo, sin lugar a dudas.


Ricardo de la Tierra.
Madrid, febrero de 2012



sábado, 4 de febrero de 2012

Abanico



¿Qué eres?

Acá, abajo, en el Sur, yo soy mortal; 
allá, arriba, en el Norte, ¿tú qué eres?
¿Acaso lo mismo?


Pregunta

Le pregunté a un amigo:
¿Cuándo sería sensato que cambiaras de vida?
¿Sensato?-me respondió.


Vacío

Cuando muera no me lloréis; estaré ausente.
Ni risas ni flores veré que acompañen mi féretro,
ni sentiré el paso de la brisa.
Lo que queráis hacer hacedlo por vosotros
que sentiréis el vacío, la soledad,
la brisa que cae sobre vuestro cuerpo.



Ricardo de la Tierra
Madrid, febrero de 2012



miércoles, 1 de febrero de 2012

El preso

Caminamos por andenes opuestos y en sentido contrario.
Javier Marín Agudelo




Desde la oscuridad hacia la farola plantada a un lado de la acera, caminan tres hombres vestidos de pantalón azul, camisa y cazadora.  Se miran en silencio y sonríen con malicia.  Se traen algo entre manos.  Pasan de largo, y, sorprendidos por el ruido de una sirena y unas luces que se aproximan velozmente, tratan de ocultarse.  No lo consiguen.  El coche de la policía les corta el paso.  
Dos agentes se apresuran a bajar del coche y de inmediato los rodean.  Los tres hombres se echan atrás contra la malla metálica que les retiene contra su voluntad.  El más joven, asustado y temeroso, empieza a temblar.  Un policía lo agarra por un brazo y lo retiene.
-¿Qué te ocurre? ¿Ocultas algo?
El chico no es capaz de articular palabra, solo deja escapar con dificultad un:
-Yooo, yooo...-y queda paralizado.  Su rostro muda de color, tiembla, sus manos tiemblan, sus pies no lo sostienen; parpadea rápido.
Desde la malla sus dos compinches observan.  Un par de esposas se cierran alrededor de sus manos y un hilo de humedad desciende por la línea interior de sus pantalones.  Se abre la portezuela, sube uno y después los otros.  Luego, solo se escucha el coche patrulla alejándose a toda velocidad y perdiéndose en el horizonte oscuro salpicado de numerosos puntos blancos.
La amplia puerta se abre, y en la sala un numeroso público espera.  Del otro lado se escucha el golpe de una puerta estrecha por donde hace su entrada el juez con su toga negra y porte elevado.  No es joven, no es viejo; quizá ande por los cuarenta o cuarenta y cinco años.  Se sienta.  Y a su lado en el estrado lo acompaña el acusado.
Desde la banca de la primera fila, un hombre de traje gris bien cortado, zapatos negros y bien lustrados, pelo corto al ras y actitud de letrado, se levanta y viene al frente.  Interroga, y acosa, y rodea.  El acusado, intimidado, no habla, balbucea.
-¿Yo?   No.
Escucha:
-Entre su ropa se ha encontrado una bolsa transparente con una sustancia blanca.  Coca, sin duda.
El juez escucha, silencioso, como silencioso está el público de la sala.  Habla el juez.
-Al acusado se le condena a tres años de cárcel.
En la sala se oye un llanto agudo, un castañeteo de dientes que hace girar todas las miradas hacia el condenado.  Éste, perdido en el desespero, cubre su cara con sus manos y abandona el banquillo de los condenados cabizbajo y esposado.
La celda es un pequeño habitáculo de un metro cincuenta por dos veinte.  Hace días que los barrotes rígidos de esta celda se cerraron frente a su cara.  Ahora la multitud de presos se agolpa alrededor de la entrada.  Curiosos, inquietos, intrigados, sensatos.  Adentro, un  guarda deshace el último nudo alrededor del cuello de un hombre que yace sobre el camastro.  Intenta reanimarlo.  Inútil.  Afuera se rumorea.
-¿Quién es?
-El chico.
-Otro que no pudo resistir.
-Así es.  El encierro en la vida no es algo que soporte cualquiera.  
Se cierra la puerta de un golpe seco, señalando el vacío en aquel habitáculo que se pierde en el trinar del tiempo.


Ricardo de la Tierra.
Madrid, febrero de 2012