miércoles, 1 de febrero de 2012

El preso

Caminamos por andenes opuestos y en sentido contrario.
Javier Marín Agudelo




Desde la oscuridad hacia la farola plantada a un lado de la acera, caminan tres hombres vestidos de pantalón azul, camisa y cazadora.  Se miran en silencio y sonríen con malicia.  Se traen algo entre manos.  Pasan de largo, y, sorprendidos por el ruido de una sirena y unas luces que se aproximan velozmente, tratan de ocultarse.  No lo consiguen.  El coche de la policía les corta el paso.  
Dos agentes se apresuran a bajar del coche y de inmediato los rodean.  Los tres hombres se echan atrás contra la malla metálica que les retiene contra su voluntad.  El más joven, asustado y temeroso, empieza a temblar.  Un policía lo agarra por un brazo y lo retiene.
-¿Qué te ocurre? ¿Ocultas algo?
El chico no es capaz de articular palabra, solo deja escapar con dificultad un:
-Yooo, yooo...-y queda paralizado.  Su rostro muda de color, tiembla, sus manos tiemblan, sus pies no lo sostienen; parpadea rápido.
Desde la malla sus dos compinches observan.  Un par de esposas se cierran alrededor de sus manos y un hilo de humedad desciende por la línea interior de sus pantalones.  Se abre la portezuela, sube uno y después los otros.  Luego, solo se escucha el coche patrulla alejándose a toda velocidad y perdiéndose en el horizonte oscuro salpicado de numerosos puntos blancos.
La amplia puerta se abre, y en la sala un numeroso público espera.  Del otro lado se escucha el golpe de una puerta estrecha por donde hace su entrada el juez con su toga negra y porte elevado.  No es joven, no es viejo; quizá ande por los cuarenta o cuarenta y cinco años.  Se sienta.  Y a su lado en el estrado lo acompaña el acusado.
Desde la banca de la primera fila, un hombre de traje gris bien cortado, zapatos negros y bien lustrados, pelo corto al ras y actitud de letrado, se levanta y viene al frente.  Interroga, y acosa, y rodea.  El acusado, intimidado, no habla, balbucea.
-¿Yo?   No.
Escucha:
-Entre su ropa se ha encontrado una bolsa transparente con una sustancia blanca.  Coca, sin duda.
El juez escucha, silencioso, como silencioso está el público de la sala.  Habla el juez.
-Al acusado se le condena a tres años de cárcel.
En la sala se oye un llanto agudo, un castañeteo de dientes que hace girar todas las miradas hacia el condenado.  Éste, perdido en el desespero, cubre su cara con sus manos y abandona el banquillo de los condenados cabizbajo y esposado.
La celda es un pequeño habitáculo de un metro cincuenta por dos veinte.  Hace días que los barrotes rígidos de esta celda se cerraron frente a su cara.  Ahora la multitud de presos se agolpa alrededor de la entrada.  Curiosos, inquietos, intrigados, sensatos.  Adentro, un  guarda deshace el último nudo alrededor del cuello de un hombre que yace sobre el camastro.  Intenta reanimarlo.  Inútil.  Afuera se rumorea.
-¿Quién es?
-El chico.
-Otro que no pudo resistir.
-Así es.  El encierro en la vida no es algo que soporte cualquiera.  
Se cierra la puerta de un golpe seco, señalando el vacío en aquel habitáculo que se pierde en el trinar del tiempo.


Ricardo de la Tierra.
Madrid, febrero de 2012





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