lunes, 27 de mayo de 2013
domingo, 29 de abril de 2012
Los Alpes italianos desde el aire.
Viajar, quién dijera lo contrario, es una delicia; un alivio para la vista, un descanso para el cuerpo y una fuente inagotable de experiencias y oportunidades.Cuando se está ahí arriba subido en un avión, y las nubes, y las montañas y el mar vemos abajo como un tapete irregular y multicolor, pensamos y sentimos no solo la grandeza y lo inconmensurable del espectáculo, sino, también, el grande intento de nosotros, los hombres, por escalar las cimas profundas de lo desconocido más allá de las barreras que nos impone nuestra condición de animales de a pie.
Los Alpes, en su inmensidad, revelan grandeza; trascendencia en el tiempo que para nosotros es limitado. Nos muestran, quizá a los ojos curiosos que desde la ventanilla desde ese pequeño aeroplano-pequeño en comparación-, divisamos un punto preciso en el horizonte bajo: un río, un canal, un puente; un pequeño pueblo enclavado en una de sus muchas laderas; una plantación; o ese manto blanco que representa el frío sempiterno.
Cuando subí al avión en Madrid, jamás imaginé que más adelante, pasadas las primeras fronteras de un país hermoso que dejaba atrás, vendrían imágenes de naturaleza insospechadamente atrayente. ¡Uauu! ¡Ésto era algo increíble! Cómo no apreciar la grandeza de la Tierra; pero, sin dudarlo, también debía reconocer que lo del hombre subido a un aparato volador que permitía ver esa grandeza, era algo ¡increíble! ¿Por qué no reconocer de una vez por todas que el hombre y su progreso juegan un papel importante en nuestra apreciación del mundo a estas alturas del tiempo y desde las alturas a que vuela un avión?
Abajo seguía cambiando el paisaje; continuaba extasiando a quien, como yo, tenía la oportunidad de disfrutar del lado de la ventanilla, lugar para mí privilegiado porque o se puede dormir bajando simplemente la cortinilla, o se puede disfrutar de las vistas sin límites que ofrece el horizonte.
Volar no sería tan maravillo si no se pudiera apreciar las bellezas naturales y artificiales que alimentan nuestra mirada a diferentes alturas. Porque el vuelo se convierte en el cristal que reemplaza por ejemplo al catalejo; o al telescopio, si se tratara de ver ya no una cercanía o una distancia impensable, si no más bien de esta que se nos presenta en las fotos como si la estuviéramos tocando con las manos. ¡Volar, volar! Sobre los Alpes italianos o sobre cualquier otro hermoso lugar del mundo. Pero ésta vez fue sobre Italia, y lo que nos reveló el paisaje de allá abajo era exclusivamente de esta tierra de aventureros, conquistadores y colonizadores.
Mientras estaba arriba, cómodamente sentado y mirando a través de la pequeña ventana, pensé en los romanos y en la manera como empezaron su ascenso hasta las alturas de un Imperio que los llevó a conquistar gran parte del mundo conocido. Caminaron por esas laderas y esos pequeños o anchurosos valles; pusieron sus pies sobre la nieve que el paso del tiempo ha borrado; y se atrevieron a retar la fuerza de esa naturaleza cambiante en estaciones que dejan diferentes huellas en quienes las viven. ¡Sí! Desde abajo mirarían al cielo, y descubrirían algo muy distinto a lo que yo desde estas alturas veo. Pero tuvieron la suerte de observar de frente a cada árbol, cada río o riachuelo; cada metro de tierra, cada rivera o pantano; y tras cada paso dado fijaron una huella que hoy solo se ve desde abajo. A éstas alturas difícil es descubrir las huellas de caminos que otrora construyeran a cada paso. Pero así es la vida, y así son estos Alpes siempre cambiantes. Nos enseñan nuevas caras a cada instante.
Felices sean los viajeros de a pie o los de estas alturas. ¡Siempre!
Ricardo de la Tierra
miércoles, 11 de abril de 2012
Soledad
Sobre el paso que da mi cuerpo solo me acompaña mi sombra,
Es soledad.
Una mañana en que la cortina abro, una noche en que la cortina cierro,
la sombra sobre mi cama está conmigo y yo con ella,
Es soledad.
Bajo la escalera y aquella me sigue; salgo a la calle y camino por la acera y está a mi lado;
no hace compañía ni deja huella,
Es soledad.
Que el corazón está en tinieblas y los sonidos y los colores se estrellan contra la pared de mis sueños,
Es soledad.
En la jaula sempiterna de una ilusión que no es hechura;
en la profundidad de un pensamiento que no vuela
y en la estrechez que una cárcel a un preso encierra,
Es soledad.
De mi llanto que se ahoga en mi garganta y que ningún otro como yo escucha;
en el recuerdo de su propio llanto y de su propia angustia,
Es soledad.
Aún la sonrisa y la alegría que expresan un corazón y un rostro que de un hombre y una mujer se muestran,
Es soledad.
Porque la vida que en un hombre está, no estará en otro, jamás.
Y es en el sentir de mi vida, la tuya y la de otro,
donde se ve que la soledad es sempiterna así cada quien sentidamente la viva.
Soledad.
Ricardo de la Tierra
Madrid, 11 de abril de 2012
Es soledad.
Una mañana en que la cortina abro, una noche en que la cortina cierro,
la sombra sobre mi cama está conmigo y yo con ella,
Es soledad.
Bajo la escalera y aquella me sigue; salgo a la calle y camino por la acera y está a mi lado;
no hace compañía ni deja huella,
Es soledad.
Que el corazón está en tinieblas y los sonidos y los colores se estrellan contra la pared de mis sueños,
Es soledad.
En la jaula sempiterna de una ilusión que no es hechura;
en la profundidad de un pensamiento que no vuela
y en la estrechez que una cárcel a un preso encierra,
Es soledad.
De mi llanto que se ahoga en mi garganta y que ningún otro como yo escucha;
en el recuerdo de su propio llanto y de su propia angustia,
Es soledad.
Aún la sonrisa y la alegría que expresan un corazón y un rostro que de un hombre y una mujer se muestran,
Es soledad.
Porque la vida que en un hombre está, no estará en otro, jamás.
Y es en el sentir de mi vida, la tuya y la de otro,
donde se ve que la soledad es sempiterna así cada quien sentidamente la viva.
Soledad.
Ricardo de la Tierra
Madrid, 11 de abril de 2012
sábado, 3 de marzo de 2012
Un día de tranquilidad
Amanece el día como casi todos los anteriores días. Quizás haya un poco más de claridad; tal vez esté hoy el sol algo más intenso en su luz y las nubes aún no han tenido tiempo de hacer su aparición.
Estiro los brazos y bostezo. Hoy la cama me dice: Quédate, aún es temprano. No sé si obedecerle. Es tan cómoda, tan placentero es su abrigo. Giro los ojos alrededor de la habitación. Las paredes me parecen nuevas; las cortinas se descuelgan libremente hacia el suelo; los cuadros anidan tranquilamente y de manera dulce en el color. Los edredones que cubren mi cuerpo forman colinas y cimas aún mayores, y algunos valles y algunas llanuras se muestran a mi curiosa visión. Levanto la rodilla, estiro el pie, y de inmediato montañas grandes y hasta entonces desconocidas, se erigen por encima del nivel de mi cabeza y amenazan con cubrirme. Riachuelos y ríos trazo caprichosamente con el dedo sobre los hilos apretados de la tela. Juego a que ahora sean anchos y luego estrechos; a que ahora sean profundos y luego llanos. Pinto árboles y apacento ganado en sus riberas y en las extensas praderas que se abren a ambos lados. En la lámpara que pende del techo hacen nido los mirlos y un martín pescador. Por la puerta de madera de la habitación trepan y se descuelgan monos y ardillas; saltan, se balancean. Caprichosamente juegan a perder una semilla, a quién la encuentra, a cuál se la come. Todo es una fiesta en la puerta.
Las paredes son como caprichos de un cráter, un montículo aquí, otro montículo allá; una sima aquí, una hondonada allá. La luz que se filtra a través de la cortina se queda enterita en este espacio donde habito y duermo yo, donde habitan todas las formas a las que mi mente quiera dar vida. Estamos aquí; pero yo soy el testigo único de su existencia; yo las agito, yo las muevo; yo les doy el sentido que las explica. ¡Cuánto se puede imaginar, recordar y proyectar antes de uno levantarse de la cama! La mente es un grande y caprichoso juguete de mil formas que construye formas por doquier.
Ricardo de la Tierra.
Móstoles, 3 de marzo de 2012
Estiro los brazos y bostezo. Hoy la cama me dice: Quédate, aún es temprano. No sé si obedecerle. Es tan cómoda, tan placentero es su abrigo. Giro los ojos alrededor de la habitación. Las paredes me parecen nuevas; las cortinas se descuelgan libremente hacia el suelo; los cuadros anidan tranquilamente y de manera dulce en el color. Los edredones que cubren mi cuerpo forman colinas y cimas aún mayores, y algunos valles y algunas llanuras se muestran a mi curiosa visión. Levanto la rodilla, estiro el pie, y de inmediato montañas grandes y hasta entonces desconocidas, se erigen por encima del nivel de mi cabeza y amenazan con cubrirme. Riachuelos y ríos trazo caprichosamente con el dedo sobre los hilos apretados de la tela. Juego a que ahora sean anchos y luego estrechos; a que ahora sean profundos y luego llanos. Pinto árboles y apacento ganado en sus riberas y en las extensas praderas que se abren a ambos lados. En la lámpara que pende del techo hacen nido los mirlos y un martín pescador. Por la puerta de madera de la habitación trepan y se descuelgan monos y ardillas; saltan, se balancean. Caprichosamente juegan a perder una semilla, a quién la encuentra, a cuál se la come. Todo es una fiesta en la puerta.
Las paredes son como caprichos de un cráter, un montículo aquí, otro montículo allá; una sima aquí, una hondonada allá. La luz que se filtra a través de la cortina se queda enterita en este espacio donde habito y duermo yo, donde habitan todas las formas a las que mi mente quiera dar vida. Estamos aquí; pero yo soy el testigo único de su existencia; yo las agito, yo las muevo; yo les doy el sentido que las explica. ¡Cuánto se puede imaginar, recordar y proyectar antes de uno levantarse de la cama! La mente es un grande y caprichoso juguete de mil formas que construye formas por doquier.
Ricardo de la Tierra.
Móstoles, 3 de marzo de 2012
sábado, 25 de febrero de 2012
Ataduras
Eslabones intangibles que atan cadenas en mis días.
Oro, acero, hierro, bronce, cobre, igual da. Son ataduras.
Ligan mis sentimientos a mis ideas y el mundo vive en éstos
ordenando y señalando el día a día y cómo se ha de vivir.
Si pudiese romper ataduras, todas,
o al menos aquellas más crueles conmigo,
prejuicios, engaños, hipocresías, lastimeras frases de compañía,
entonces una a una, como pedazos de desperdicios
las expulsaría al día de mi vida.
Sin embargo, ataduras invisibles, aún ésas,
encubiertas tras la máscara de una cara sonriente,
viven eternamente en lozanía como el agua fresca
y el rocío en la mañana.
Ataduras en pesadumbre o ataduras en dolor;
de las que los recuerdos forman parte
cuando el pasado es una suma de eslabones de amargura, sangre, sin sabor.
Uniones ingratas que en la vida pesan sobre uno
como el mundo sobre Atlas, o como la pesada carga sobre la mula o el asno
cuando patean por caminos empedrados.
Ataduras de los días que pasan
y van acercando final ineludible donde el fin de toda ilusión
y esperanza rompe con cualquier clase de cadena,
lazo o forma de unión con la vida. El fin.
Ricardo de la Tierra
Frebrero 25 de 2012
sábado, 18 de febrero de 2012
Sensualidad
Una mirada, un beso; el aire de tu aliento rozando mi piel.
El sonido de tus palabras como remansos meciendo mis neuronas.
El árbol que deja caer sus hojas sobre tu cuerpo
y me trae el rumor de tu expresión de contento.
Una sonrisa cuando la lluvia cae
y te extasias viendo un pájaro sacudir sus alas al aire,
me dice que tu querer al viento le entregas
y que él tu figura etérea labra en mil laminillas de color,
y a mis ojos la atrae.
El sol en la mañana y el sol en la tarde
que el pintor con su pincel retrata,
recoge sobre tu cara las luces del universo
para enseñar al mundo tu belleza, como belleza de hadas,
y a mí me dice que en el fragor de la llama
que a millones de kilómetros se funde y derrama,
tu belleza atrapa para descubrir entre las infinitas luces
una luz como la tuya habitando para hacerme sentir luego,
cuando a mi cuerpo baja, el calor intenso que la pasión reclama.
Sensualidad, un llamado a la sensualidad suprema
vista en el rocío de la mañana sobre tu cuerpo yermo esperando mis brazos
para rodear tu cuerpo, brazos que acariciarán la hierba
sobre la que tu ser descansa.
El color en la flor de los pétalos surge como encanto de una sonrisa
que se eleva desde tu rostro hacia el cielo.
Y allí tiende un hilo invisible con el mundo a sus pies extendido
para hacerlo vibrar con la emoción que desde su interior le recorre
y se muestra en esa sonrisa.
Arrebatado desde la profundidad de su ser,
un aliento de vida en sinuosas formas y cadenciosos y alucinantes movimientos
danza entrando en el juego de sensaciones
que a su cuerpo a la espera de experiencias fuertes e intensas
atenaza.
Ricardo de la Tierra
Móstoles, enero de 2012
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