domingo, 10 de septiembre de 2017

¿Está en peligro nuestra inteligencia?

Con más frecuencia de lo que podríamos creer, hoy es posible encontrar numerosas, amplias y bien documentadas referencias a la inteligencia en muchos y diversos canales de información. Diríamos que estamos ante un cerco grande y fuerte formado por la inteligencia en su totalidad, mucho más que en tiempos anteriores.
La inteligencia, siendo uno de los ejes fundamentales de la vida humana, está adquiriendo visos de inmortalidad.  ¿Por qué? La respuesta, hoy por hoy, se nos antoja sencilla: la humanidad está descubriendo en las máquinas la posibilidad no solo de potenciar su propia inteligencia, sino, además, de hallar un aliado bastante útil y valioso que le ayude a encontrar respuestas a problemas difíciles y temas espinosos; que contribuya, decididamente, a sus ansiadas posibilidades de viajar a los confines del universo conocido. Llevada por estos deseos, ha combinado con suficiencia dos inteligencias: la humana y la artificial. De este modo, estamos obligados a entender un concepto de inteligencia que va más allá de nuestro concepto actual, que nos parece el más natural. Estamos obligados a conocer el mundo, nada sencillo, de la inteligencia artificial que llega conectado a la tecnología.
La tecnología tiene un papel cada vez más importante y destacado en nuestra vida; al menos en la vida de las sociedades más desarrolladas.  Este papel fundamental viene dado por el alcance que han tenido los avances de diferentes ciencias, entre éstas la física. Ésta ciencia tiene en la mecánica cuántica a un excelente exponente que sirve de referencia ineludible en el desarrollo de la inteligencia tanto humana como artificial.
Es lo que se desprende, por ejemplo, de los trabajos que están proyectando IBM y el MIT, y que incidirán aún más si se quiere en nuestro modo de vida actual, si bien su gran potencial está apuntando mucho más allá, hacia el modo de vida futuro.  En IBM y el MIT crean un laboratorio de inteligencia artificial (situar el cursor sobre el anterior encabezamiento para ver el vínculo) se podrá leer una referencia directa a éste tema. En el artículo se explica cómo la alianza entre éstos dos gigantes de la investigación dará como posible resultado nuevos avances en un campo polémico, que nos está acercando a la pregunta temida por muchos: ¿Qué será de nuestro mundo y de nuestra inteligencia si la inteligencia artificial toma el mando de nuestras vidas?
No parece posible que la inteligencia humana vaya a ser relegada a un segundo plano en un futuro.  Sin embargo, cabe recordar dos casos de cómo la inteligencia artificial ha ganado terreno en determinados campos. Se tiene, en primer lugar, los cambios que está viviendo la robótica durante los últimos años transformando los métodos de producción y la economía. Las funciones que de manera tradicional han realizado los trabajadores vienen siendo desarrolladas, de manera paulatina, por los robots especializados.
En segundo lugar se tiene la informática. En éste ámbito se recuerda el caso mediático que colocó frente a frente al gran ajedrecista Kasparov y al superordenador Deep Blue, La partida entre ambos se diseñó para poner a prueba hasta dónde podía llegar la inteligencia humana en su confrontación directa con las máquinas. Finalmente, en una jugada magistral, Blue Deep ganó. El triunfo inesperado de la máquina reforzó la importancia y validez de la pregunta: ¿ganará en un futuro la inteligencia artificial a la inteligencia humana? Éste interrogante posiblemente no tarde demasiado tiempo en ser respondido, ya que la ciencia ficción está contribuyendo en parte a responderlo. La temida posibilidad de que la inteligencia artificial relegue a la inteligencia humana está más presente hoy que nunca en la vida de todos nosotros.


Javier Marín Agudelo

Escritor y Ensayista

viernes, 9 de junio de 2017

No se escribe como se piensa.

Cuando se lee se experimentan unas ganas enormes de escribir. Entonces, la mente cuece una cantidad de ideas posibles para una buena historia. No se puede hacer caso a todo, por supuesto. Se atiende aquello que con mayor insistencia se hace ver y, quizás, se ha hecho con un hueco en la memoria.
Pasan fugaces las ideas como lumbres y aclaran la mente por un solo instante. Tratan de compendiar todos los elementos de una historia en la imposibilidad de que algo así sea real, pues nada, en absoluto, puede recoger tanto en tan breve tiempo y poco espacio.
Se piensa, pero no se escribe como se piensa, jamás.  Es una cuestión que está clara para quien tan siquiera haya empleado su mente, de manera consciente, para producir lo que se habla, por ejemplo. Esta idea que no cuadra, que no encuentra un lugar, no es la palabra que se expresa. Es un acción anterior a la palabra, a la frase hecha exactamente para que alguien, al leerla, la imagine, la piense, la recree, la comprenda.
Hay, pues, un rito previo que diferencia el pensar del hablar y del escribir.  Y entre estos dos hay un tiempo largo.

Javier Marín Agudelo
   

martes, 22 de noviembre de 2016

Extranjero

Extranjero. 
Llegado de tierras lejanas,
de allá donde el sol levanta en la mañana,
la noche llega al caer la tarde,
y el viento sopla de las montañas.
Extranjero, de piel color canela, amarilla o blanca, 
de nariz respingada, chata o afilada,
de labios finos o gruesos y color rojo oscuro o rojo claro.
De sonrisa, risa o carcajada.
voz aguda, grave o afinada,
mirada profunda, cálida o apagada,
caricias suaves, abrazos estrechos y entusiastas.
Vienes a mi tierra que es la Tierra, 
bebes en mis aguas que es el Agua, 
te bañas en mis ríos que es el Río, 
comes de mis campos que es el Campo.
Cuánto nos parecemos, amigo extranjero.
Tu sol, tu noche, tu viento, tus montañas; 
tu piel, tu nariz, tus labios, tus colores, son iguales a los que desde niño me acompañan.
Cuánto nos parecemos, amigo extranjero.
Tu sonrisa, tu voz, tus caricias, tu mirada, 
son como los que yo he vivido y soñado, son como los que yo he visto y amado desde el regazo y las entrañas.
Los campos, ríos y aguas de la Tierra; los frutos, animales y riquezas de los fondos y socavones, los han arado, aprovechado y explotado las manos, tan tuyas, tan mías como las de los primeros africanos.
¡Ah, amigo extranjero! Si las personas de esta tierra viéramos en ti nuestro retrato, 
muy pronto abandonaríamos el desprecio, la humillación, la arrogancia; 
bien pronto sentiríamos tu dolor en nuestra piel, tu hambre en nuestro estómago, 
tu tristeza en nuestro ser y tu sonrisa en nuestros labios.
Muy pronto no te veríamos como extranjero y sí como hermano, necesitado de ayuda, comida, casa, trabajo; de compañía, sonrisa, amor y bienvenida a nuestra tierra, la Tierra, que es la tuya, la mía, nuestra Casa. 


Javier Marín   

sábado, 20 de febrero de 2016

¿De dónde eres?



"¿De dónde eres?".  Ésta pregunta me la hizo una persona en una ocasión, quien denotaba la plena seguridad que tenía de que yo le iba a responder según la costumbre.  Pero quedó perpleja y desconcertada cuando le respondí:  "Nací en Colombia".  Clavó su mirada en mí, como esperando una explicación; al no recibirla, preguntó: "Es que te da vergüenza decir de dónde eres?".  En ésta ocasión fui yo quien se quedó mirándola, acompañando la mirada de una ligera sonrisa de satisfacción.  No tenía razón para malgastar el tiempo explicando mi filosofía acerca del origen de las personas con alguien que tenía la mente acostumbrada a recibir siempre la misma respuesta.
Es algo curioso que a las personas nos acostumbren desde pequeñas a decir esto o aquello y a decirlo de tal o cual manera.  Es algo curioso que tengamos que preguntar siempre lo mismo y responder siempre de la misma manera.  Es algo curioso comprobar cómo no dedicamos ni siquiera un segundo a variar tanto la pregunta como la respuesta.  ¿Qué tal si pensamos? ¿Cómo nos iría si gastásemos un poco más de tiempo en estrenar nuestras neuronas e ir más allá de la lección aprendida?  Creo que daríamos un vuelco completo a nuestra vida y a la vida de la sociedad.
En un tiempo de cambios profundos (bueno, siempre ha habido tiempos así), en que es común oír hablar de las migraciones humanas que van de África a Europa, de Asia a Oceanía, de Latinoamérica a Norteamérica, causa cierto disgusto escuchar todavía a las personas preguntar, con un asomo de inocencia, de dónde es alguien. Sé que es necesario o conveniente adoptar una identidad; pero también sé que en un mundo demasiado interrelacionado, en el cual las distintas culturas se están comunicando cada vez más estrechamente y se está posibilitando la construcción de una cultura común, más universal, sería conveniente empezar por eliminar las barreras mentales y psicológicas que se crean cuando a alguien se le pregunta de dónde es y este alguien se ve obligado a dar una respuesta satisfactoria a quien pregunta.  
Todos o casi todos sabemos que aún hoy existe discriminación hacia diferentes grupos humanos, y que dependiendo de dónde haya nacido alguien se le da un trato preferente o no.  Por ejemplo, si el hombre de Neanderthal todavía anduviera por estos caminos, se le impediría entrar en los llamados "Países occidentales" por el solo hecho de no tener las características ni el origen esperados.





Sigue siendo una lacra de nuestro tiempo, quizá harto bien disimulada a través de campañas de todo tipo,  la discriminación por origen.  No se consigue disimular el disgusto que a muchas personas de países ricos les produce el encuentro con personas de otras latitudes, distintas a las de su entorno.
¿De dónde eres?, puede representar, sin duda, una manera de diferenciar a una persona de otra, obligarla a reconocer su origen y las condiciones bajo las cuales ha vivido y qué posición ocupa o debe ocupar en el lugar de destino.
Si el asunto  tratara -como algunos idealistas han pretendido- de universalizar la presencia humana, de tal modo que no se diera ninguna clase de discriminación por el origen de una persona, creo que el alcance de esa pregunta se limitaría solamente a identificar un lugar geográfico y nada más.  Bastaría esta información para adquirir un poco más de cultura e interesarse en descubrir un lugar desconocido para uno, sus costumbres y otras cosas más.  Pero las cosas no quedan en ésta dimensión.  El complejo sistema de relaciones que hemos constituido da lugar a la creación de subparcelas emocionales, psicológicas y mentales de profundo influjo que, de manera solapada, impactan en un sentido negativo en el receptor de la discriminación y acentúan las diferencias entre una y otra persona, haciéndolas depender de la procedencia de cada una de ellas.





Creo que la adquisición de una cultura universal por parte tanto de los discriminados como de los que discriminan, podría ayudar a romper en parte este esquema.  Podría, incluso, contribuir a construir un sistema de relaciones más abierto que comprendiera la aproximación indistinta a personas nacidas en diferentes lugares de la Tierra.  ¿Una utopía?  No sé.  Quizá desde algún frente social ya se esté trabajando para hacerlo realidad.  
Alimentemos desde ahora la esperanza, con acciones concretas, porque un día cualquiera, en un futuro, la Humanidad pueda ver, sentir y pensar a los otros como sus semejantes y no como los "extranjeros", venidos de un país ajeno  e inferior.  Tal vez suceda.  

Javier Marín Agudelo©2016
Escritor y Ensayista  

sábado, 21 de febrero de 2015

La belleza.


A la vista de muchas personas parecería suficiente con observar la belleza de la naturaleza para quedar irrenunciablemente extasiados. Si no bastara con ello, obligados estaríamos a descubrir que entre el trinar de los pájaros y el llanto de una guitarra, entre las copas de los árboles y la cúpula de una arriesgada arquitectura, entre el chasquido de las gotas de agua chocando en las alturas y el rumor del sonido de la lluvia que trae el aire desde lejanas tierras, siempre que se quiera, se hallará una profunda belleza que el corazón canta con cada son de su latir, que las pupilas de los ojos delatan con amplia expresión ante su visión y aun la misma piel revela cuando por en medio de sus poros se filtra el sonido, la forma, el color y el sentido como una minúscula corriente de oro que al pasar al través crispa y estremece todo.
Quizás entre las muchas cosas que tenemos ante la vista, nos resulte más interesante el extremo del ala de una paloma en rápido  vuelo por encima de todo lo demás.  Así, lo más grande no es muchas veces lo que tenemos más cerca de la vista ni causa más admiración.
Esa minúscula hormiga cabalgando entre los pastos, o esa simiente de níspero que pende del extremo de la rama de un árbol, o el pez que salta libre por fuera de las corrientes de agua, exhiben su singular belleza acompañada de grandeza no medible, en ningún caso, ni por el ancho ni por el alto; sino que se aprecian , se sienten y vuelcan sobre nuestros sentidos y aún más adentro, hasta tocar las fibras más pequeñas de nuestro organismo, agitado en las corrientes de la vida. 
Los colores de una bandera humedecida por la brisa y acariciada por los cálidos rayos del sol, surgen de las pintas que lucen las hortensias, las rosas, los claveles, los crisantemos, los pinos, los robles, los álamos, las encinas y el extenso prado verde que asciende y desciende suavemente, siendo atravesado por un sin fin de caminos que llevan a diferentes destinos. 
Sobre el verde, los aleteos de una urraca o de un mirlo se extienden a la manera de una pequeñísima alfombra y ascienden rápida y rítmicamente hacia un altar azul, cuya corona arde hasta quemar los cirros y los cúmulos, haciéndolos desaparecer en el distante horizonte adonde, con interés contemplativo, se eleva la mirada.
Alrededor de un remanso de agua contenida en un estanque artificial caminan los hombres y las mujeres con la cabeza erguida y los ojos fijos en una inmensa transparencia fina y dura, que ahora tiene como únicos huéspedes los rayos y el calor del sol; pero que cuando la ocasión es propicia, recibe con los brazos abiertos las muestras de vida hecha arte por la mano del hombre.  Entonces, pájaros, peces, caminos, personas, árboles, flores, casas y calles, se ven reflejados allí, sobre la tela templada o la piedra y el mármol pulido.
Tal vez sea en acuerdo y no por casualidad que las formas vivas encuentren placer y profunda y sublime felicidad en la observación de la belleza representada por el artista, cuando éste crea, transforma o representa la realidad visible en lo dinámico y lo estático, en lo vivo y lo muerto.  De una belleza visible en las alturas y a ras de suelo, en lo interior y en lo exterior, y que se trasluce en la sonriente complacencia, en el éxtasis profundo y en la mirada atenta del observador.

Javier Marín Agudelo
2004©








lunes, 16 de febrero de 2015

La procesión va por dentro.




En mi opinión, nadie es capaz de escapar al dolor por muy feliz que se muestre a los ojos del mundo.  La felicidad es una de las caras que el mundo ve y desea ver, y el dolor está exactamente en el lado opuesto: ni lo ve ni desea verlo.
El hombre tiende a engañarse y a creer  ver en otras personas lo que supone no tiene él.  Por este motivo cuando una persona se encuentra con otra, muestra la tendencia a presuponer que esa persona es feliz porque sonríe, y cuando cuenta historias de su vida, solo relata las más gratas.  En ésto muchos nos equivocamos.  
El semblante y las palabras de esa persona no tienen porqué revelarnos todos los detalles de su historia. Adentro, donde la persona identifica y selecciona sus ideas y sus pensamientos, es muy probable que permanezca guardado un secreto de su vida que no quiere contar, porque no le place o porque sabe que el contarlo solo le supondría dolores de cabeza innecesarios.  Entonces se calla.  Y tal vez tenga la oportunidad de saber cuánto se equivocan los demás con su historia cuando aparentan  ignorar su procesión interior.
Todos o casi todos los dolores y todas las angustias de una persona casi siempre los lleva por dentro.  Al mundo solo le deja ver una parte para su curiosidad y entretenimiento.  Sin embargo, quien protagoniza su propia vida aprende bien pronto a torear esas peripecias y sonríe con cierta ironía por dentro cuando  escucha las palabras, que son rumores, de quienes se animan a sí mismos hablando de otros: "Ese sí que vive bien".  ¡Ay, ay, ay!  Cuán necias e insulsas son las palabras cuando únicamente retratan las apariencias.

Javier Marín Agudelo 
2014©
Todos los derechos reservados

lunes, 2 de febrero de 2015

Amanecer





Amanecer


Cerró sus ojos; se dilataron los poros de su cuerpo y entró por ellos el aire gélido y puro de un opaco amanecer de invierno que se filtró por la ventana a medio abrir de la habitación.  Las cortinas se desplazaron hacia un lado y el viento meció sus hilos hasta el punto más alto del cielorraso. Esa andanada de aire fresco tiró la tela de velos al piso y arrebató las sabanas violáceas que cubrían su cuerpo puesto sobre la ancha y espumosa poltrona que hacía de cama, lo estremeció con su abrazo y elevó su sensibilidad al máximo.  De súbito se transparentaron, a través de la ligera tela de su pijama, los suaves movimientos causados por la corriente de aire. 
Sobre el suelo las hojas del libro que se había desprendido de sus manos en no se sabe cuál momento de la noche se batían a un lado y otro, a izquierda y derecha, al parecer con la intención de volar en lo alto de la habitación como si se tratara de sus sueños buscando un lugar en el espacio.  Pero, tal vez los cuentos de la totalidad del libro, tal vez el peso del recuerdo del pedazo de madera del que fue arrancado, o el cansancio de una larga noche de insomnio, lo tenían atado a la tupida alfombra, sin liberarlo.  
Se abrió la puerta de un solo golpe, fuerte y seco.  Algunos pedazos de vidrio cayeron, y sobre ellos cayó una fotografía oculta detrás de la puerta que vigilaba cada noche y cada día a quien por la ventana se asomara.  Cuatro travesaños de un viejo marco de madera coronaban esa pétrea figura inamovible.  Al caer formaron un pequeño escombro sobre el cual plantó sus pasos.  Solo así supo que aquel cuadro no volvería a traerle en ningún amanecer o anochecer ni un solo recuerdo ni un trazo de luz fulgúrea, no podría ya vigilar ni impedir el paso de nadie.




Entró por la puerta, se paró ante su cama y, sin hacer ruido ni mencionar palabra, estiró su mano hasta alcanzar la suya que yacía tranquilamente doblada a medias sobre los hilos resaltados de la alfombra de colores ocres y azulados.  Poco a poco levantó su brazo, y con un movimiento de ángel insufló en su cuerpo un aliento de amor y vida.  Erguidos sus cuerpos y el viento corriendo bajo las plantas de sus pies, salieron por la ventana y se abrazaron al sol que a esa hora del amanecer despuntaba por entre el bordillo de una teja en una casa regia al otro lado de la vía.  Unos tímidos rayos de sol y el gélido frío de la mañana trazaron la huella abandonada al marcharse los dos una mañana de invierno.
Todavía no se borra de la memoria ni la imagen del cuadro ni la cama que quedó sin hacer, ni el libro con hojas ondeantes en libre movimiento buscando descansar en cualquier amanecer.
Al mirar hacia atrás, su recuerdo se agita y lo lleva de manera casual a la biblioteca del barrio.  Allí descubrió, no más transcurridas las primeras horas, una historia encuadernada parecida a la suya que ya no recordaba, una historia contada por un escritor olvidado en el polvo sin remover de una estantería vieja y roída por las ratas, donde solo se encuentra ese ejemplar, porque el tiempo y la polilla se han ocupado de barrer todo vestigio de cualquier registro de otras historias jamás contadas.
Con una sonrisa sellada a cal y canto, en la cual se evidenciaba su perplejidad ante lo sorprendente de las casualidades, Julio cerró la tapa de piel cuarteada y color marrón oscuro del libro, En ese instante, todo recuerdo suyo quedó borrado.  Tal vez en otro tiempo alguien cuyos recuerdos ya no recordara abriría de nuevo el libro y encontraría su propia historia relatada.  Sería en otro tiempo, serían otras memorias y otros recuerdos.    

Javier Marín Agudelo©2015

Escritor y ensayista




lunes, 19 de enero de 2015

Susan Sontag, una intelectual comprometida.

Susan Sontag, una intelectual comprometida.


El primer contacto que tuve con la obra escrita de Susan Sontag fue de intención.  Estando en casa de una amiga surgió en medio de la conversación el tema de Sontag.  Mi amiga me ofreció en préstamo un libro que tenía por ahí perdido entre una montaña de libros de su propia colección.  El préstamo quedó para otro día, pues le fue imposible hallarlo.  Cuando tuvimos la ocasión de hablar de nuevo, concertamos una cita.  A ésta llegó mi amiga con el libro La enfermedad y sus metáforas y El sida y sus metáforas.  En uno de los días anteriores, los medios de comunicación habían hablado de Susan Sontag, con motivo de haber sido elegida para recibir el Premio Príncipe de Asturias de las Letras del año 2003.  Ambos hechos, el Premio y el libro, acrecentaron mi interés; así que pasé de la intención a la acción.  A partir de su lectura, Susan Sontag y su obra entraron a formar parte de mi lectura obligada.
Bien elaborados, con demostrada capacidad, habilidad, conocimiento y profundidad, a través de sus escritos un lector no demasiado informado podía deslizarse por la mente de diferentes artistas, filósofos, escritores y poetas de épocas distintas y estilos variados.
Sontag tenía (murió en diciembre de 2004) una mente abierta y una aguda inteligencia.  Su bien ganada fama de ensayista y escritora capaz, de intelectual formada y comprometida, venía precedida de una sólida formación académica adquirida en las universidades de Harvard, Berkeley y Chicago.  Su conocido talante de luchadora tenaz lo había conquistado a través de su presencia y actuación en acontecimientos históricos de primer orden como los movimientos sociales y políticos de los años 60 y 70, en Estados Unidos y Europa, que abogaban por el final de la guerra de Vietnam; y también en Sarajevo, más recientemente, adonde "fui para apoyar, para trabajar, para ser testigo".  Tenaz luchadora también, porque a base de esfuerzo, disciplina y constancia se formó en el conocimiento de campos tan numerosos y ricos como la fotografía, la pintura, el cine, la literatura y la filosofía, en los que siempre sentó su posición.
Aunque había nacido en Estados unidos, estaba convencida de que su espíritu y su mente pertenecían por completo a Europa.  Así lo demostró más de una vez y de diferentes maneras.  Una de éstas fue a través de su larga estancia de una año en París.  Durante este periodo escribió Bajo el signo de Saturno, libro que, en su mayor parte, lo consagró a personajes y acontecimientos europeos de primera línea.  Lo confirman los capítulos intitulados "Un enfoque a Artaud" y "Fascinante fascismo", entre otros.
En Europa, Estados Unidos o en cualquier lugar y momento que se encontrase, esta mujer intelectual le hizo frente no sólo al reto que aún en los años en que inició su carrera significaba ser mujer, y mujer con pensamiento propio, que era lo más complicado y también lo más importante; sino que, además, desde su posición y contando ya con suficiente amplitud de miras y decidido coraje, se atrevió a decir, por ejemplo, que "Se pretende que Camus sea un escritor muy bueno.  Pero no lo es."  En Camus no vio a un pensador; a lo sumo, un escritor con inquietudes intelectuales.  Mucho más importante, sí, que George Orwell y James Baldwin.  "En Camus no encontramos arte ni pensamiento de primera calidad."  Opinión muy personal, indudablemente.  Opinión que con mayor frecuencia amplió al campo del arte para afirmar: "La obra de arte es, antes que nada, un objeto, no una imitación." O, también: "El arte es la objetivación de la voluntad en una cosa o realización, y la incitación o estímulo de la voluntad".
Sontag no sólo se atrevió a hablar o a escribir acerca de otros, de su trabajo, de su historia y de su vida. También de sí misma dijo cuanto pudo al referir, por ejemplo, la suma de sus primeras impresiones tras llegar a Nueva York para quedarse a vivir, y de sus viajes veraniegos a París, descritos en la introducción a Contra la interpretación: "Me veía como una combatiente de nuevo cuño en una batalla muy antigua: Contra la hipocresía, contra la superficialidad y la indiferencia éticas y estéticas (...) Quizás yo estuviera bien equipada para ver lo que vi, para comprender lo que comprendí, debido a mi amor por los libros, mi eurofilia y mi reverencia antes las artes."  Hablando del cáncer en La enfermedad y sus metáforas, tuvo el valor y la claridad suficientes para decir: "Yo misma tuve cáncer".



En esa forma particular suya de ver y vivir la vida, y de no esconderse de la realidad, reconoció en una entrevista que le hizo el diario El País de España en diciembre de 2002 que "Juan (Goytisolo) y yo tenemos ya una cierta edad, y conocemos los hábitos de la gente mayor(...)  No quisiera ser confinada en el papel de alguien que deplora lo actual incluso si, en efecto, lo deploro."  Una cierta edad que no le arrebató la capacidad de pensar hasta el último momento.  Una cierta edad a la que llegó sólo después de haber empezado a vivir en otra lejana edad la fructífera experiencia intelectual que le fue reconocida, al decir de muchos, por haber sido una de las más importantes e influyentes intelectuales de su época.

Javier Marín Agudelo©2015

Escritor y Ensayista

  


martes, 13 de enero de 2015

¡Qué divertido es comunicarse!

¡Qué divertido es comunicarse!

¡Hola! Es posible que para ti y para mí sea divertido comunicarnos.  ¿Nos divertimos? ¿Qué crees: que nos podemos divertir?  Pensemos en Mafalda, ¿es divertida?  Para mí lo es.  ¿Y para ti qué tal? ¿Te gusta?  No sé.  Es posible  que sí.  Hay otras comunicaciones divertidas que buscamos en cualquier momento.  Estas que transmiten por la tv., cuando nos presentan a un humorista.  ¿Recuerdas a Gila, a Los Morancos, Tola y Maruja, Benny Hill?  Divertidísimos, ¿no?  Pues a mí me hacen reír siempre que los veo.
A ver, ¿qué me dirías si en estos momentos pudiésemos vernos cara a cara y hablar acerca de lo divertido que es comunicarnos?  Cuánto siento que no podamos vernos.  Sería entretenido.  Quizás hasta nos estuviéramos riendo de nuestras ocurrencias, de nuestras bromas.  Y tendríamos oportunidad los dos de recordar muchas más cosas divertidas: a más humoristas de tv., gráficos, caricaturistas.  No sé.  Tantas cosas se pueden hablar cuando se está compartiendo un rato agradable.
La otra noche, por ejemplo, mientras estaba en un bar tomándome unas copas, a un señor se le ocurrió decir chistes para que los escucháramos todos los clientes.  ¿Te lo he contado alguna vez? ¿Te ha sucedido algo parecido?  Debería haber una forma de que tú y yo nos comunicáramos de inmediato.  Es posible que en el futuro esto sea posible.  Bueno, ya es algo posible; se hace a través de WhatsApp.  La gente está cada vez más metida en este entretenimiento de la comunicación.  Les gusta.
Voy por la calle y escucho un ruido, como un silbido.  Y más adelante otra vez.  Cuando voy a  mirar el móvil, creyendo que me están enviando un mensaje a mí, resulta que cuatro o cinco personas están haciendo igual.  Curioso, ¿no?  ¿A que también te ha sucedido algo parecido cuando viajas en el tren o en el autobús?  Hoy estamos rodeados por aparatos y desbordados por los sonidos y las imágenes. 
¿Qué edad tienes tú?  Te lo pregunto porque tal vez conociste el transistor. Y si no lo conociste, yo te lo cuento.  Yo lo conocí.  Así que ya sabes que he  superado los 50.  Ese aparatico, pequeño y casi por entero metálico, tenía cualidades particulares.  Te cuento que se podía llevar a todas partes, y por lo pequeño que era se podía meter en el bolsillo de la cazadora.  Se podía poner a funcionar con tan solo dos baterías pequeñas, de las delgaditas.   Cuando lo escuchabas podía ser para ti solo, si querías.  Hoy el móvil lo llevan muchas personas, y aunque también es para uno solo, en ocasiones le ponen tanto volumen que lo escucha todo el mundo.  La verdad es que todos los pasajeros del bus se enteran de lo que se come en casa.   Son días diferentes, sin duda.
A ver si alguna vez nos encontramos en la calle o en una cafetería, o quizá en un concierto y continuamos conversando acerca de lo entretenido que es comunicarse.  ¿Por qué no?  Si se puede, lo hacemos.  Bueno, te dejo, que quiero ir a comprar una camisa nueva.  Me gusta comprar ropa.  Puede ser que algún día te la enseñe.  ¡Ah! No te olvides de mí, que Javier estará aquí para cuando quieras conversar o contar o leer algo.  Aquí o en otro lugar me encontrarás.  Llévale recuerdos a tus seres queridos.  Quizá a ellos también les guste hablar y contar historias.  No te entretengo más.  ¡Hasta la próxima vez!

domingo, 11 de enero de 2015

Mi vieja toalla.



Madrid, 28 de diciembre de 2011

Mi vieja toalla


Del toallero del baño cuelga mi vieja toalla.  Yo la miro cada mañana cuando voy a bañarme y encuentro que ella representa para mí algo entrañable.
Es una vieja toalla, sí.  Y esa vieja toalla, que hoy presenta manchas negras e hilos rotos, ha estado durante años presente para secar mi cuerpo, para secar mis manos.  Y ha estado, y ha ido mudando de aspecto sin que yo lo percibiera; sin que me diera cuenta que su vejez iba arrastrando la mía poco a poco, hasta el día en que ver sus hilos rotos sería como ver los pelos grises de mi cabeza manchando la superficie blanca de la bañera.
Mi vieja toalla ha perdido el color.  Ya no es amarilla como lo fuera cuando nueva.  Y ha perdido el brillo y la dureza.  Y, en cambio, es ahora pálida, casi transparente y ligera como una hoja de papel.  Pero sigue ahí, colgada del toallero del baño.  Y algunas veces pienso si tirarla sería lo mejor, y poner en su lugar una toalla nueva.  La imagino en la basura. 
No consigo decidirme, porque mi toalla vieja todavía seca.  Y aunque fea y quizá algo deshecha, ha estado ahí, pendiendo del toallero durante diez años, sirviéndome de día y de noche. 
Mi toalla vieja es otra de mis prendas queridas, que me ha acompañado en viajes y ha arrastrado consigo una cantidad de agua de río y de piscina.  Entonces también la llevo en esos recuerdos.
Mi toalla vieja estará aún ahí, colgando del toallero uno y otro día, hasta que caiga a pedazos o llegue el momento en que yo decida cambiarla por otra que acompañe por largo tiempo mi vida y forme parte de mis recuerdos.

Javier Marín Agudelo©


lunes, 30 de diciembre de 2013

Hubo un día. (Parte II).

Hubo un día que hubo un día que la historia contaba que hubo hombres con capacidad y decisión para llevar a la humanidad por un sendero de progreso, igualdad y esperanza.  Pero también hubo el día en que sobre el sendero empezaron a caer piedras y luego toda una montaña, y los hombres capaces y decididos a los cuales se les había puesto sobre pedestales inalcanzables, alcanzaron a ver, algunos, cómo se venían abajo también las esperanzas.  
No hay tiempo ni hubo un tiempo sin un día en el cual hubo un día que registrara una historia, una experiencia, una vida; el momento de esta vida.  No hubo un día en que alguien no derramara una lágrima en cualquier rincón del planeta u otro alguien no riera; ni tampoco otro en que no hubiera un nacimiento o se registrara una muerte.  No hubo ni día ni lo habrá en que un hombre no vea a otro con aires de superioridad y se crea un dios con derecho a regir sobre lo divino y lo humano.
Hubo un día en que los hombres soñaron con los dioses y creyeron ser ellos.  Y habrá un hubo un día en que los hombres volverán a soñar con ser dioses y creerán en ellos como tal.  Ese hubo quizá tarde largo tiempo en llegar.  Pero llegará.  ¿Quién podrá borrar de su mente ese hubo un día quiso batir la frontera del tiempo y el espacio para ir del otro lado, supuesto, en el que no hay ni lo uno ni lo otro, sólo dioses?
Habrá hubo un día en que la historia de los hombres cuente de nuevo acerca de descubrimientos y conquistas, de hombres arriesgados y visionarios; acerca de enfermedades y de sus remedios; acerca de fieles y ateos; acerca de guerras y paz.
Habrá hubo un día que alguien recuerde como el más importante de su vida y que no esté registrado en la historia ni en el tiempo ni en el espacio.  Ese será posiblemente el día en que hubo un día de hombres dioses.  

Javier Marín Agudelo

martes, 24 de diciembre de 2013

Hubo un día. (Parte I)

La historia relata experiencias reales, de hombres y de mujeres mortales que se asemejan a leyendas.  La historia registra momentos de descubrimientos y conquistas, de tragedias y felicidades.  La historia cuenta que hubo un día en que un hombre miró al firmamento y descubrió una estrella; cuenta que hubo un día en que un hombre descubrió allende los mares otra tierra, cuenta que hubo un día en que un hombre partió de su tierra hacia el Asia para conquistarla.  También cuenta que hubo un día en que muchos hombres y muchas mujeres creyeron ver en un semejante al dios que esperaban.
La historia cuenta que hubo un día y otro día y uno más y muchos más días en que hombres y mujeres trasegaron por los desiertos, por aldeas, pueblos y ciudades buscando cómo subsistir, cómo someter a otros, buscando una trinchera en la cual pudieran resguardarse durante la batalla.
Hubo un día entre muchos días que el hombre avistó las sirenas que intentaron cautivarlo; y conoció los minotauros adentrándose por los laberintos.  Y hubo un día lejano, jamás registrado por el calendario, en que hombres desconocidos visionaron la posibilidad de pintar sobre las piedras de una cueva lo que veían sin imaginar que habría un día hombres capaces de admirarse de su obra.
Hubo un día de hombres libres que empezaron a ser esclavos para luego soñar durante siglos que algún día serían de nuevo libres.  Hubo un día de muchos y diferentes dioses a los que dos o tres dioses, de los cuales se creía eran superiores a cualquier otro, asesinaron.  Ese día y esos dioses fueron arrancados de sus raíces, pisoteados y dados a la carnicería junto a los hombres y las mujeres que los adoraban. (Continuará).


Javier Marín Agudelo

miércoles, 18 de diciembre de 2013

El bueno y el malo

Había que reconocerse como bueno o malo en su profesión, porque era necesario situarse en una posición real en la vida abandonando falsas e ilusorias pretensiones.  Creo que éste reconocimiento no significa una renuncia a la lucha, al esfuerzo requerido para mejorar indudablemente. Es una confrontación consigo mismo de cualquier persona, capaz de transmitirle la sensación de libertad para hacer conforme a las condiciones reales y exigencias individuales.
Siempre me situé en el grupo de los malos porque no alcanzaba a ser más.  No he podido saber jamás qué razones había para que no pudiera pasar de ahí, y ahí seguía.  Ser el mejor de los peores, o, ser el peor de los mejores no es ningún logro y no da lugar a experimentar orgullo valedero.  Pero, ¿qué se puede hacer para cambiar este orden de la vida?  En realidad, no sé; y creo no ser capaz de descubrirlo.  Hay actitudes y condiciones de nacimiento imposibles de cambiar, contra las cuales ningún esfuerzo puede hacer en absoluto nada.  Si es así en mi caso, ¿de qué serviría algún esfuerzo?
Jamás se logrará saber, con toda exactitud, de qué es capaz una persona, cuáles son sus potencialidades.  En mi caso, por supuesto, ésto está hecho.  Escribo, por ejemplo, en la seguridad de que lo que escribo y cómo lo escribo se haya inscrito en la clasificación de lo mejor de lo peor.  En ésto no pierdo razón.  No se debe engañar uno de continuo, como tampoco dar rodeos innecesarios.  Si no se ha conquistado jamás una meta X, es debido a la incapacidad.  De qué vale buscar y rebuscar explicaciones para justificar una situación personal.
No valdría la pena dedicarle tiempo a una preocupación como esta, es posible que no represente tanto como se le asigna; y es probable que más se asiente su importancia en el beneplácito ajeno que en la necesidad personal.  ¿Por qué tendría que buscar con mi trabajo la satisfacción de quienes me rodean? La creación no es cosa de gustos. Además, lo que hace cada persona jamás puede gustar a todo el mundo, y es probable que solo le guste a una sola persona: la que lo crea.  Ya tiene su validez.  De ella en adelante el mundo puede caer y su opinión no importar en lo más mínimo.
Se es bueno o se es malo, dos situaciones o dos conceptos con relativa validez.  Quien pudiera calificar se atrevería a castigar o a premiar según su juicio.  Y para quien crea, ¿importa en realidad ese juicio?  No debe pesar tanto la atención inmerecida a una opinión ajena y extraña a la creación propia.  ¡Es única! Soñé con un árbol grande, de hojas negras, ramas largas y gruesas que se extendían por encima de la llanura, llegaban hasta la ciudad, trepaban por las paredes de los edificios y continuaban ascendiendo más allá de las estrellas.  ¿Podría alguien imaginar ésto mismo? Jamás será capaz un crítico de situarse exactamente en la posición del creador. ¡Imposible!  Si es bueno o es malo depende de gustos, y se dice que entre gustos no hay disgustos.
La libertad para hacer y crear se detiene cuando la precede la opinión externa. Se empantana el proceso y la esencia del asunto si en lugar de surgir de la fuente original se atiene a lo que otros esperan.  Escribir se encuentra dentro de ésta línea.  La libertad es necesaria, más allá de los límites obligados que el entorno presenta.
¿Qué dirán?  Corta como una guillotina, pesa como toda la atmósfera terrestre sobre una sola cabeza.  Se hace porque se quiere y se puede, y se deja de hacer bien porque no se puede, bien porque el qué dirán lo impida.  Bueno, malo, un límite que demarca el terreno de la libertad y el terreno de la esclavitud.  ¿Tiene uno que ceder su vida a ése verdugo?  Las felicidades se van, se esconden; los placeres y las sensualidades huyen aterrorizados por el ojo del censor; la imaginación hasta fenece, y la ilusión pierde la luminosidad que le identifica.  
Al bueno y al malo el trabajo les espera, bien para mejorar o para empeorar.  Difícil es que con ese esfuerzo no se alcance un cambio.  Cada persona en esto hace lo que puede.  Demos un rodeo y ya estaremos viendo cuan independiente es lo que se hace del qué dirán.  Se hace con el deseo de conseguir lo que se quiere fuertemente irrumpiendo por dentro, hirviendo la sangre.  Arrasar con el furor interior todo lo que se oponga al cumplimiento del deseo, quiebra la oposición exterior.
Bendito miedo; o ¿maldito miedo?  Aprendamos a hacer sin miedo; bueno o malo sin miedo.  Escribir puede ser algo agradable, también aburrido; y también creativo.  Leer puede ser igualmente las tres cosas en estrecha relación con lo que escritor y lector quieren hacer y encontrar.  Los dos deben liberarse del miedo.  Y aparte de ésto, abandonar cuando les plazca por la razón que sea.  ¿No les gusta ni la escritura ni la lectura? Solución fácil: tírenlas.  Nadie está obligado a hacer una u otra cosa.  Cada uno que diga qué es bueno y qué es malo para sí mismo.  Con relación a esta decisión, que los otros callen.


Javier Marín Agudelo.

domingo, 29 de abril de 2012

Pasión por escribir: El Mont Saint-Michel

Pasión por escribir: El Mont Saint-Michel

Los Alpes italianos desde el aire.


Posted by PicasaViajar, quién dijera lo contrario, es una delicia; un alivio para la vista, un descanso para el cuerpo y una fuente inagotable de experiencias y oportunidades.
Cuando se está ahí arriba subido en un avión, y las nubes, y las montañas y el mar vemos abajo como un tapete irregular y multicolor, pensamos y sentimos no solo la grandeza y lo inconmensurable del espectáculo, sino, también, el grande intento de nosotros, los hombres, por escalar las cimas profundas de lo desconocido más allá de las barreras que nos impone nuestra condición de animales de a pie.
Los Alpes, en su inmensidad, revelan grandeza; trascendencia en el tiempo que para nosotros es limitado.  Nos muestran, quizá a los ojos curiosos que desde la ventanilla desde ese pequeño aeroplano-pequeño en comparación-, divisamos un punto preciso en el horizonte bajo:  un río, un canal, un puente; un pequeño pueblo enclavado en una de sus muchas laderas; una plantación; o ese manto blanco que representa el frío sempiterno.
Cuando subí al avión en Madrid, jamás imaginé que más adelante, pasadas las primeras fronteras de un país hermoso que dejaba atrás, vendrían imágenes de naturaleza insospechadamente atrayente.  ¡Uauu!  ¡Ésto era algo increíble! Cómo no apreciar la grandeza de la Tierra; pero, sin dudarlo, también debía reconocer que lo del hombre subido a un aparato volador que permitía ver esa grandeza, era algo ¡increíble!  ¿Por qué no reconocer de una vez por todas que el hombre y su progreso juegan un papel importante en nuestra apreciación del mundo a estas alturas del tiempo y desde las alturas a que vuela un avión?
Abajo seguía cambiando el paisaje; continuaba extasiando a quien, como yo, tenía la oportunidad de disfrutar del lado de la ventanilla, lugar para mí privilegiado porque o se puede dormir bajando simplemente la cortinilla, o se puede disfrutar de las vistas sin límites que ofrece el horizonte.
Volar no sería tan maravillo si no se pudiera apreciar las bellezas naturales y artificiales que alimentan nuestra mirada a diferentes alturas.  Porque el vuelo se convierte en el cristal que reemplaza por ejemplo al catalejo; o al telescopio, si se tratara de ver ya no una cercanía o una distancia impensable, si no más bien de esta que se nos presenta en las fotos como si la estuviéramos tocando con las manos.  ¡Volar, volar!  Sobre los Alpes italianos o sobre cualquier otro hermoso lugar del mundo.  Pero ésta vez fue sobre Italia, y lo que nos reveló el paisaje de allá abajo era exclusivamente de esta tierra de aventureros, conquistadores y colonizadores.
Mientras estaba arriba, cómodamente sentado y mirando a través de la pequeña ventana, pensé en los romanos y en la manera como empezaron su ascenso hasta las alturas de un Imperio que los llevó a conquistar gran parte del mundo conocido.  Caminaron por esas laderas y esos pequeños o anchurosos valles; pusieron sus pies sobre la nieve que el paso del tiempo ha borrado; y se atrevieron a retar la fuerza de esa naturaleza cambiante en estaciones que dejan diferentes huellas en quienes las viven.  ¡Sí!  Desde abajo mirarían al cielo, y descubrirían algo muy distinto a lo que yo desde estas alturas veo.  Pero tuvieron la suerte de observar de frente a cada árbol, cada río o riachuelo; cada metro de tierra, cada rivera o pantano; y tras cada paso dado fijaron una huella que hoy solo se ve desde abajo.  A éstas alturas difícil es descubrir las huellas de caminos que otrora construyeran a cada paso.  Pero así es la vida, y así son estos Alpes siempre cambiantes.  Nos enseñan nuevas caras a cada instante.
Felices sean los viajeros de a pie o los de estas alturas.  ¡Siempre!


Ricardo de la Tierra



     

miércoles, 11 de abril de 2012

Soledad

Sobre el paso que da mi cuerpo solo me acompaña mi sombra,
Es soledad.
Una mañana en que la cortina abro, una noche en que la cortina cierro,
la sombra sobre mi cama está conmigo y yo con ella,
Es soledad.
Bajo la escalera y aquella me sigue; salgo a la calle y camino por la acera y está a mi lado;
no hace compañía ni deja huella,
Es soledad.
Que el corazón está en tinieblas y los sonidos y los colores se estrellan contra la pared de mis sueños,
Es soledad.
En la jaula sempiterna de una ilusión que no es hechura;
en la profundidad de un pensamiento que no vuela
y en la estrechez que una cárcel a un preso encierra,
Es soledad.
De mi llanto que se ahoga en mi garganta y que ningún otro como yo escucha;
en el recuerdo de su propio llanto y de su propia angustia,
Es soledad.
Aún la sonrisa y la alegría que expresan un corazón y un rostro que de un hombre y una mujer se muestran,
Es soledad.
Porque la vida que en un hombre está, no estará en otro, jamás.
Y es en el sentir de mi vida, la tuya y la de otro,
donde se ve que la soledad es sempiterna así cada quien sentidamente la viva.
Soledad.

Ricardo de la Tierra
Madrid, 11 de abril de 2012

sábado, 3 de marzo de 2012

Un día de tranquilidad

Amanece el día como casi todos los anteriores días.  Quizás haya un poco más de claridad; tal vez esté hoy el sol algo más intenso en su luz y las nubes aún no han tenido tiempo de hacer su aparición.  
Estiro los brazos y bostezo.  Hoy la cama me dice:  Quédate, aún es temprano.  No sé si obedecerle.  Es tan cómoda, tan placentero es su abrigo.  Giro los ojos alrededor de la habitación.  Las paredes me parecen nuevas; las cortinas se descuelgan libremente hacia el suelo; los cuadros anidan tranquilamente y de manera dulce en el color.  Los edredones que cubren mi cuerpo forman colinas y cimas aún mayores, y algunos valles y algunas llanuras se muestran a mi curiosa visión.  Levanto la rodilla, estiro el pie, y de inmediato montañas grandes y hasta entonces desconocidas, se erigen por encima del nivel de mi cabeza y amenazan con cubrirme.  Riachuelos y ríos trazo caprichosamente con el dedo sobre los hilos apretados de la tela.  Juego a que ahora sean anchos y luego estrechos; a que ahora sean profundos y luego llanos.  Pinto árboles y apacento ganado en sus riberas y en las extensas praderas que se abren a ambos lados.  En la lámpara que pende del techo hacen nido los mirlos y un martín pescador.  Por la puerta de madera de la habitación trepan y se descuelgan monos y ardillas; saltan, se balancean.  Caprichosamente juegan a perder una semilla, a quién la encuentra, a cuál se la come.  Todo es una fiesta en la puerta.
Las paredes son como caprichos de un cráter, un montículo aquí, otro montículo allá; una sima aquí, una hondonada allá.  La luz que se filtra a través de la cortina se queda enterita en este espacio donde habito y duermo yo, donde habitan todas las formas a las que mi mente quiera dar vida.  Estamos aquí; pero yo soy el testigo único de su existencia; yo las agito, yo las muevo; yo les doy el sentido que las explica.  ¡Cuánto se puede imaginar, recordar y proyectar antes de uno levantarse de la cama!  La mente es un grande y caprichoso juguete de mil formas que construye formas por doquier. 

Ricardo de la Tierra.
Móstoles, 3 de marzo de 2012

sábado, 25 de febrero de 2012

Ataduras

Eslabones intangibles que atan cadenas en mis días.
Oro, acero, hierro, bronce, cobre, igual da.  Son ataduras.
Ligan mis sentimientos a mis ideas y el mundo vive en éstos
ordenando y señalando el día a día y cómo se ha de vivir.
Si pudiese romper ataduras, todas,
o al menos aquellas más crueles conmigo, 
prejuicios, engaños, hipocresías, lastimeras frases de compañía,
entonces una a una, como pedazos de desperdicios 
las expulsaría al día de mi vida. 
Sin embargo, ataduras invisibles, aún ésas,
encubiertas tras la máscara de una cara sonriente,
viven eternamente en lozanía como el agua fresca
y el rocío en la mañana.  
Ataduras en pesadumbre o ataduras en dolor;
de las que los recuerdos forman parte 
cuando el pasado es una suma de eslabones de amargura, sangre, sin sabor.
Uniones ingratas que en la vida pesan sobre uno
como el mundo sobre Atlas, o como la pesada carga sobre la mula o el asno
cuando patean por caminos empedrados.
Ataduras de los días que pasan
y van acercando final ineludible donde el fin de toda ilusión
y esperanza rompe con cualquier clase de cadena,
lazo o forma de unión con la vida.  El fin.

Ricardo de la Tierra
Frebrero 25 de 2012

sábado, 18 de febrero de 2012

Sensualidad

Una mirada, un beso; el aire de tu aliento rozando mi piel.
El sonido de tus palabras como remansos meciendo mis neuronas.
El árbol que deja caer sus hojas sobre tu cuerpo
y me trae el rumor de tu expresión de contento.
Una sonrisa cuando la lluvia cae
y te extasias viendo un pájaro sacudir sus alas al aire,
me dice que tu querer al viento le entregas
y que él tu figura etérea labra en mil laminillas de color,
y a mis ojos la atrae.
El sol en la mañana y el sol en la tarde
que el pintor con su pincel retrata,
recoge sobre tu cara las luces del universo
para enseñar al mundo tu belleza, como belleza de hadas,
y a mí me dice que en el fragor de la llama 
que a millones de kilómetros se funde y derrama,
tu belleza atrapa para descubrir entre las infinitas luces
una luz como la tuya habitando para hacerme sentir luego,
cuando a mi cuerpo baja, el calor intenso que la pasión reclama.
Sensualidad, un llamado a la sensualidad suprema 
vista en el rocío de la mañana sobre tu cuerpo yermo esperando mis brazos
para rodear tu cuerpo, brazos que acariciarán la hierba
sobre la que tu ser descansa.
El color en la flor de los pétalos surge como encanto de una sonrisa
que se eleva desde tu rostro hacia el cielo.
Y allí tiende un hilo invisible con el mundo a sus pies extendido
para hacerlo vibrar con la emoción que desde su interior le recorre
y se muestra en esa sonrisa.
Arrebatado desde la profundidad de su ser,
un aliento de vida en sinuosas formas y cadenciosos y alucinantes movimientos
danza entrando en el juego de sensaciones
que a su cuerpo a la espera de experiencias fuertes e intensas
atenaza.


Ricardo de la Tierra
Móstoles, enero de 2012